Crónicas antifas (1): “el mal inglés”. Hooliganismo al rescate de Churchill

  • colaboración de Ronald McDonald

THE ENGLISH DISEASE

Hace dos fin de semanas se reunía en Londres la ‘inteligentsia’ patriotera británica (básicamente inglesa) para defender el legado histórico del país, concretamente, las estatuas de los héroes nacionales, según la historia oficial. Esa historia que a menudo se centra más en mitos, medio-verdades o directamente falsificaciones, que en un análisis radical, científico y honesto de los hechos históricos. 

Resulta que algunas estatuas habían sido vandalizadas por parte de grupos anti-racistas asociados o cercanos al movimiento estadounidense Black Lives Matter (BLM) tras el asesinato de George Floyd. Protestas que tomaron conciencia de que este vil asesinato no debía analizarse aisladamente, sino que forma parte del racismo sistémico que impera en EEUU desde su mismo nacimiento. Racismo que ha sido siempre una herramienta muy útil de todo modo de producción histórico basado en la dominación y antagonismo de clases, desde la esclavitud, pasando por el feudalismo, hasta llegar al capitalismo. Herramienta útil, decimos, ya que ha tenido históricamente una doble función: por un lado, apuntalar esa contradicción entre clase dominante y clase dominada y, por otro, mantener dividida a esa clase dominada, atomizándola y promoviendo luchas internas. Por tanto, el problema real se llama capitalismo, aunque los entusiastas de las guerras culturales no quieran verlo.

Evidentemente, esto no es exclusivo de los EEUU, lo cual explica por qué las protestas han traspasado sus fronteras, al margen de modas y demás sinsorgadas. Y es aquí cuando las protestas llegan a Inglaterra, que sale a la palestra lo que allí se ha llamado desde los años 80, el ‘English disease’ (‘El mal inglés’), esa horda de hooligans patrios que cada vez que salen a defender su país (ya sea en un mundial, una eurocopa o, como ahora, una protesta de BLM) lo que acaban haciendo es mostrar sus vergüenzas nacionales una vez más, como si estuviéramos ante una retransmisión en directo de la decadencia británica, entre brexits, pandemias y, ahora, luchas raciales avivadas por el nacionalismo más rancio, ignorante y fascista que tanto ha penetrado, desgraciadamente, en el fútbol de las islas, con especial incidencia en la selección inglesa. 

Si a esto le sumamos el mono de fútbol, sin ligas domésticas ni Eurocopa, cualquier excusa resultaba válida para mostrar lo único que esta gente sabe hacer: beber y hacer el mongolo, todo envuelto en un patriotismo de fish & chips. Porque, efectivamente, de historia andan tan justos como de neuronas, como aquel que, megáfono en mano, decía sin caérsele la lata de Carling que “Churchill había matado a Hitler”. Alguien con un mínimo de cultura se partiría de risa tras oír esto, pero los allí congregados respondieron con aplausos y ovaciones. ¿Queda alguna duda?

Todo comenzó con el llamamiento de un tal Tommy Robinson (que ni siquiera es su nombre real y que ya ha pasado por prisión), el rostro mediático de la extrema derecha británica (política y futbolera), para concentrarse en Londres en defensa del legado histórico de Winston Churchill. Esto es, de su blanqueamiento, de preservar el mito de Churchill y no del Churchill real. Había hecho mucha pupa que alguien hubiera osado pintar en su estatua la palabra ‘racist’, lo cual, lejos de ser falso, se queda bastante corto. Y si no, que se lo pregunten a indios, bengalíes o irlandeses, por mencionar solo unos pocos pueblos del mundo que padecieron sus imperialistas políticas. Y si el lector vasco no está convencido, reproducimos a continuación unas palabras del dirigente inglés sobre Mussolini en 1937, año en que ardieron, entre otros lugares, Durango y Gernika con la estimable ayuda de ese dictador italiano que acabó colgado del revés: “Sería una peligrosa locura para el pueblo británico minusvalorar la duradera posición que Mussolini ocupará en la historia mundial, o las sorprendentes cualidades de valentía, inteligencia, autocontrol y perseverancia que encarna” (Domenico Losurdo, 2008. p.340).

Desde la mañana se fueron congregando dos o tres millares de bravos y sedientos patriotas – testigos afirman que la cerveza corría desde las 10 a modo de ‘desayuno de campeones’- mostrando sus colores nacionales y futboleros en forma de tatuajes, banderas y cánticos, un poco como en Marsella hace unos años pero sin rusos en frente que les tiraran al mar. Esta vez, el enemigo no eran ultras eslavos, sino manifestantes anti-racistas tan ingleses como ellos, por cierto. Medios independientes, como Press TV, sufrieron ataques de los defensores de la esencia británica, cuyos ojos se humedecen cuando hablan de las hazañas de Sir Winston en su campaña anti-nazi durante la Segunda Guerra Mundial, pero no tienen reparo en mostrar sus nada supremacistas tatuajes en público, incluida alguna que otra esvástica. Cosas de la ironía alimentada por la ignorancia. Ironía que, posiblemente, jamás lleguen a captar… O quizás debieron adoptar sus propios símbolos supremacistas -visto que la esvástica ya estaba pillada por los nazis- o adaptarlos a su imaginario colectivo. No sé, por decir algo, un bulldog pidiendo un taxi al grito de ‘No surrender’ o alguna otra parida del estilo.

El caso es que el ejército de Tommy Robinson hizo como siempre. A saber: anunciar que su marcha era pacífica porque son gente pacífica y nada nazi y acabar aquello como el rosario de la aurora, con cargas, carreras, peleas y gritos ‘Sieg Heil’ brazo derecho bien alto, cosas nada nazis como bien sabemos. Eso sí, para la posteridad, la imagen de un ario de piel rosácea-porcina que se encaró con un manifestante negro anti-racista, y vio cómo su supremacista cuerpo quedaba noqueado en el suelo tras recibir la necesaria dosis de realidad, en forma de antológico hostión.

La fiesta terminó con más de cien detenidos y decenas de heridos. Pero también con una nueva muestra más de la decadencia de eso que llaman Reino Unido, de ese ‘mal inglés’ que arrastra con él a todo el reino cuesta abajo y sin frenos. 

+ info:

-Press Tv: https://www.presstv.com/Detail/2020/06/14/627423/London-Masked?fbclid=IwAR1zf-PahLsvI-QvHyNTIPEc3PJECciHfPfwmIp9Kbipe8D9XFcxFVwDTZU
-JOE: https://www.youtube.com/watch?v=YBWdwWoYZTw 

-JOE: https://www.youtube.com/watch?v=3d0DAAz_YoM

(In)comunicación y nostalgia de Urrutia

Fotogramas y Jara y Sedal fueron, probablemente, los únicos medios en que no vimos asomar a Elizegi durante la campaña electoral y su posterior resaca. Su victoria, pírrica pero victoria al fin y al cabo, iba a traernos, siempre según sus apologetas mediáticos, aire fresco. Cercanía, un nuevo estilo, más y mejor comunicación, frente al búnker que Urrutia había organizado en Ibaigane. ¡Adiós al hermetismo! ¡Viva la transparencia! (Risas, por favor).

Sin embargo, hasta la intervención de la semana pasada Elizegi apenas había realizado declaraciones desde que el COVID19 forzara el parón liguero. Lejos quedan las tropecientas bravatas electorales, verborrea que rápido quedó en papel mojado, pero aun guarda la baza de la apelación sentimentaloide. En ese sentido, el mismo humo tan del gusto de Urrutia.  

Quizás es que haya poco que contar. O peor, que no haya nada que contar. O peor aún, que no quieran contarnos nada. Es decir, que nadie quiera hablarnos claramente, como los tontos de capirote que somos, de, verbigracia, el estado financiero del club. Tanta ingeniería económica y el socio todavía sin saber con claridad cuál es el margen para fichajes o si los avalistas de Elizegi tiemblan ahorita mismo de sudor frío. Asimismo, resulta difícil explicar la fórmula elegida para compensar a los socios por el fútbol a puerta vacía, ese sucedáneo del balompié. Más que compensación parece una vuelta de tuerca, una ofrenda, un sacrificio. “Queremos tu dinero, que la cosa está malita”, nos dicen sus acciones. Sus palabras, realmente, nos dan igual.   

La prensa local, con Deia y El Correo a la cabeza, se han intercambiado los papeles. Unos critican, tibiamente eso sí, mientras otros hacen cabriolas periodísticas para dejar en buen lugar a su candidato. Nadie dice, alto y claro, que no hay proyecto ni relato claro en torno al club, que la economía es un misterio, que el socio sufre de similar opacidad y escasa participación que con Urrutia y que, en fin, estamos instalados en la mediocridad, el enchufismo (recordad que gracias a ilustres como Alkorta y Ayarza, cuyos sueldos desconocemos, Lezama está salvada), el politiqueo barato y que, joder, el rey va desnudo. Si la prensa en general no hace esto es porque tanto ellos como quienes mueven sus hilos juegan al mismo juego y, por ende, unos y otros tienen mucho que callar. 

Una pista del escaso nivel periodístico la dio el propio Urrutia cuando afirmó prepararse concienzudamente las ruedas de prensa, trabajando de antemano los más variados aspectos sobre los que podían cuestionarle. Para su sorpresa, ocurría que apenas le preguntaban por muchos temas. El fenómeno tiene explicación, Josu. Veamos, salbuespenak salbuespen: parte de esa prensa ya está “comprada” o, si lo preferimos, alienada y alineada contigo. No van a morder. Otra parte, directamente, carece de nivel. Y a otra parte la realidad le importa bien poco. Tanto a Vocento, como a la extrema derecha, dicho sea de paso, le bastan dos datos, tres medias verdades y cuatro falsedades para construir un relato a su conveniencia. Relato parcial e irreal, sí, pero de fácil digestión.

El tema estrella con que malmeter suelen ser los fichajes. Urrutia no fichaba porque era un pésimo gestor; Elizegi porque el mercado blablablá. Da igual que la primera frase sea falsa y la segunda un limpiado de cara, lo importante es el relato. Como con el soniquete de “¿Y Llorente qué?”, alimentado hasta la saciedad por los medios, pendientes de su último gol (pero no de sus largos periodos de banqueta) incluso siete años después, para que luego sea la grada de San Mamés quien cargue con la mala prensa.    

Por comparación, Urrutia sale vencedor frente a Elizegi. Es una comparación tramposa, como cuando decíamos que un cono paraba más que, pongamos, el Aranzubia de la época Caparrós. Ser mejor que alguien no te hace bueno per se. Así que demuestra escasas miras y flaco favor hace aquella izquierda en torno al Athletic cuando añora a Urrutia para deslegitimar a Elizegi. 

Para empezar, la política comunicativa de Urrutia, por mucho que saliera una vez al mes al ruedo y se llevara todo preparadito, consistía en una defensa hermética de su gestión. Férreo y distante, ejercía de auténtico frontón, esquivo a cualquier crítica, despejando al patapún palante cualquier pregunta incómoda. Era su manera de imponer un relato, escurrir bultos y no dejar resquicio a nada ni nadie.

El problema, empero, no son tanto las formas, sino el fondo, sea con Elizegi o con Urrutia. Y Urrutia, títere del PNV, no puede ser ese presidente añorado por el hincha de izquierda. Las condiciones e irregularidades laborales en la construcción de San Mamés; denostar a Bielsa para defender los intereses de Balzola, empresa amiga del Partido; la petición de no portar banderas palestinas cuando nos visitó un equipo israelí; toda su gestión con la grada popular; enchufar a colegas en la Fundación; etc. Por todo ello, mejor que añorar a un presidente, por muy bien que salga en las comparaciones, la izquierda en torno al Athletic debería tener mayor amplitud de miras y empezar a exigir más y elevar el discurso. Y, sí, coger lo bueno que tuvo la gestión de Urrutia, pero ir más allá, mucho más. Porque de nada valen slogans molones como “against modern football” si luego acabamos añorando a Urrutia. ¿Aceptaría la izquierda, en otros ámbitos, ser mera muleta, cuando no palmero, del stablishment local? Pues eso. 

Un debate Elizegi versus Urrutia es un debate sesgado. Quienes auparon a Elizegi y de paso legitimaron sus ocurrencias, filtraciones, enchufes y apoyos político-mediáticos tienen, claro está, su cuota de responsabilidad. Quienes hoy apelan a la nostalgia de Urrutia (¿Urrutostalgie?), sin recordar entre otras cosas el ostracismo al que sometió a ciertos sectores, rebajan el listón de lo que el Athletic necesita. Centrar el debate en la opción del menos malo es, simplemente, reduccionista y mediocre. O se amplia el campo de batalla o hay poco que ganar; pero para eso es necesario que cierto sector quiera introducir a otros agentes en la ecuación, tal es la democracia zurigorri (ironic mode on). De la negativa a contar con según qué gente se deduce que algunos, aun siendo perdedores, prefieren el modelo actual. ¿Por qué será? 

Siempre antifas

* Txinbo ibiltaria

Eran principios de los 90 en el estadio de un equipo que hoy no está en Primera. Yo no era más que un crío y habíamos ido toda la familia a pasar unos días a aquella ciudad. Casualidad, el domingo antes de irnos, el Athletic jugaba allí. Aita no las tenía todas consigo, pero mi hermano y yo, ya entonces más rojiblancos que Iribar, le obligamos a claudicar. Así que él, en previsión de lo que acontecería, nos metió en un taxi y nos dirigimos a las taquillas.

El estadio era bastante cutre incluso para lo que se destilaba en los 90. Sacamos entrada en una tribuna alta, y nos fuimos a la puerta nerviosos, cada uno cogido de una mano. Antes de llegar y enseñar la entrada, aita se dio la vuelta, y nos advirtió con cara muy seria: “mejor si no celebráis los goles del Athletic. Hablad bajito, ¿vale?”. Esto dicho a dos menores de 12 años hoy podría sonar exagerado, pero aita sabía perfectamente el terreno que pisaba, máxime después de alguna advertencia que le había deslizado tímidamente el taxista y que no habíamos entendido demasiado bien. Sólo pensábamos en la victoria de nuestro Athletic.

Recuerdo las escaleras de acceso, rodeados de hinchas del equipo rival. Un tanto intimidados por ser foráneos y por las palabras de aita, nos dirigimos a nuestro asiento, que estaba totalmente rodeado de socios rivales, en una de las pocas zonas del campo llenas hasta la bandera, cerca de la esquina con un fondo. Desde allí, veíamos a un par de decenas de hinchas del Athletic, un tanto desperdigados y sin ninguna organización, que se encontraban en un fondo, algunos de pie, otros sentados, entre alguna bandera y bufanda que colgaban de las vallas antiavalancha. Les teníamos bastante cerca, lo que nos hizo sentir un poco más en casa, con esa sensación de camaradería que surge en esas ocasiones.

El partido comenzó, y tras algunas jugadas polémicas, un señor mayor a dos asientos a la izquierda, empezó a increpar a algunos jugadores del Athletic. Se levantó, y empezó a lanzar vivas a España y al Rey, entre las risas de los presentes, seguido de algunas increpaciones a los vascos, a ETA, y vaya usted a saber quién más. La cara de aita se puso rígida y ante nuestra mirada confusa, nos recordó la advertencia. “Acordaos de lo que os he dicho, ¿vale?”. Éramos muy pequeños para entender de política, aunque ya intuimos por dónde iban los tiros, y obedecimos sin rechistar.

Más jugadas, más insultos, y cada vez más gente que se unía al señor, algunos con banderas de España al viento y alguna mención a un señor bajito de Ferrol que nos sonaba de oídas. El ambiente era más bien hostil, no una mayoría, pero si una cantidad suficientemente considerable para que aita tomara la decisión, aprovechando el descanso, de sacarnos de allí y movernos a otra localidad, más aislada, sin llamar la atención. Sacamos los bocatas, con el mismo ansia que los 20 sufridos rojiblancos que tampoco habían tenido que celebrar ningún gol visitante que los hiciera blancos de las iras locales. Y en éstas, desde el otro fondo, un grupo de nazis, 5 ó 6 serían, cruzaron el campo, sin nadie que les parase, y se puso, con sus bombers verdes y sus botas bien visibles, delante de los hinchas del Athletic, que eran una mezcla de turistas, familias y peñistas de fuera de Bilbao de vacaciones. Ningún atisbo de hooliganismo y hostilidad, vaya. Tras algún intento de provocación para justificar alguna agresión, saludos fascistas al viento y varias hazañas más, dos policías nacionales de los de antes, con gorra, camisa y bigote y que tardaron 5 eternos minutos en venir andando desde el otro córner, se personaron allí para separarlos. No mucho, eso sí.

Aún recuerdo a la perfección, y era muy pequeño, cómo se pasaron toda la segunda parte a escasos 3 metros de los hinchas del Athletic diciendo “Mierda!” cada vez que se gritaba un “Athletic!”. La cara de mi padre era un poema viéndoles hacer el mono y mirando a la grada en vez de al césped. Incluso se le escapó algún comentario ofensivo creyendo que no le oíamos, lo que nos sacó una sonrisa en medio de la tensión por lo que podrían hacerles. Nos fuimos antes de acabar el partido, volvimos a coger un taxi y nos dirigimos al hotel. Desconozco la suerte que corrieron nuestros sufridos compañeros de viaje, pero la cosa no pintaba bien. La experiencia se me quedó grabada a fuego. El único recuerdo futbolístico grato que tengo es ver con pánico a Patxi Salinas regateando a velocidad de abuela a un delantero rival dentro del propio área del Athletic, lo que provocó las risas de mi aita, y las nuestras. Si Patxi nos lee, gracias por ayudarnos a destensar aquella situación y por tu cintura de titanio.

No he vuelto a ese estadio, que ya no existe, aunque los herederos de su grupo ultra sí. Ya no se disfrazan de skins (o boneheads, porque skins de verdad nunca fueron). Hoy se disfrazan de casuals, de apolíticos, de cualquier cosa, pero son igual de nazis. Por el camino, he visitado otras ciudades, otros estadios, donde he podido comprobar, siempre con esa prudencia inculcada por mi aita, cómo el mismo mecanismo se repetía en muchas de ellas. Fascistas tolerados, cuando no jaleados o directamente financiados, y por supuesto impunes, dando rienda suelta a su odio. Si no somos los vascos, son los inmigrantes, o los homosexuales, o los catalanes o hinchas de otro equipo, sean ultras o no. O bien, en el caso del Estado español, cualquier gente de izquierda. El fútbol es su altavoz perfecto, su medio para reclutar chavales, o su lugar donde hacer negocios. Siempre les dio igual el equipo, el deporte, el juego.

Hoy, como ayer, como siempre, el antifascismo es criminalizado, en la calle, en los estadios, en los medios. Aquel chaval no ha olvidado que en realidad, nada ha cambiado, solo mutan su piel, pero siguen ahí. Sigue siendo igual de necesario pararles en todos los frentes. Así que desde esta humilde tribuna, aprovecho para mandar un abrazo solidario a cada uno de los agredidos por esta lacra, y un sentido recuerdo para los asesinados. En el antifascismo cabemos todos, en el fascismo solo caben ellos. Hoy, el presidente del estado más poderoso del mundo señala a los antifas. Al igual que nos señala con su dedo acusador el presidente de esta liga, mientras algunos alcaldes de importantes ciudades españolas aplauden oficialmente a grupos neonazis bien conocidos por todos. Es por ello que me quiero reivindicar orgullosamente antifa en este blogzine orgullosamente antifa. Es necesario, obligado.

EZ DIRA PASAKO

SIEMPRE ANTIFAS


Cómo echar a la clase obrera de los estadios

Chavs, de Owen Jones, es un ensayo dedicado a explicar por qué la sociedad inglesa odia a los canis británicos y, por extensión, a la clase obrera en su conjunto. En medio de una lucha de clases con cada vez más frentes abiertos, encontramos en el libro algunos esclarecedores párrafos dedicados al fútbol, párrafos que a continuación transcribimos. Owen se ciñe a Inglaterra pero como los amantes de Thatcher son legión bien podría estar hablando de la LFP. 

El desprecio por la gente de clase trabajadora que se fraguó bajo el thatcherismo había alcanzado su terrible cénit en el desastre de Hillsborough. Hoy el fútbol sigue ofreciendo claves del drástico cambio de mentalidad durante las últimas tres décadas. Examinando lo que ha sucedido en la pasión deportiva tradicional de la clase trabajadora británica, podemos hacernos una buena idea del impacto cultural del odio a los chavs. El “hermoso juego” se ha transformado hasta quedar irreconocible.

Richard Davis fotografo. Manchester. .png

Aunque los principales clubes hace tiempo que se alejaron de sus orígenes –el Manchester United, por ejemplo, fue fundado por ferroviarios-, seguían estando profundamente enraizados en comunidades de clase trabajadora. Los futbolistas solían ser chicos reclutados en el área local del club. A diferencia de los mimados plutócratas en que se han convertidos algunos de los jugadores de la Premier League, durante gran parte del siglo XX “los futbolistas muchas veces andaban peor de dinero que las masas que los miraban los sábados desde la grada”, como ha escrito el hijo del futbolista Stuart Imlach. A principios de los años cincuenta, había un sueldo máximo para los jugadores de solo 14£ semanales durante la temporada –no muy superior al salario medio de un obrero- y solo uno de cada cinco jugadores tenía la suerte de ganarlo. Los jugadores vivían en “casas vinculadas” propiedad de los clubes, de las que podían ser desalojados en cualquier momento. No es de extrañar que un futbolista, en su intervención en el Congreso de Sindicatos de 1955, se quejara de que “las condiciones laborales del futbolista profesional recuerdan a la esclavitud”.

El fútbol ha pasado de un extremo al otro. Los fríos vientos de la economía de libre mercado se habían mantenido alejados en gran medida del mundo del fútbol durante los años ochenta, pero en la década siguiente golpearon con furia vengadora. En 1992, los veintidós clubes de la antigua First Division se escindieron para crear el Premier League, lo que les eximía de tener que compartir ingresos con los otros clubes de la liga. Parte del nuevo espíritu comercial consistía en excluir a muchas personas de clase trabajadora del estadio. En su Programa para el futuro del fútbol, la Federación de Fútbol afirmó que este debe atraer a “más consumidores pudientes de clase media”.

Cuando se abolieron los viejos graderíos tras el Desastre de Hillsborough, las entradas de pie, más baratas, desaparecieron. Entre 1990 y 2008, el precio medio de una entrada de fútbol subió un 600% más de siete veces que el índice de todo lo demás.3 Esto resultaba absolutamente prohibitivo para mucha gente de clase trabajadora. Pero algunas destacadas figuras del mundo del fútbol no solo no eran conscientes de ello, sino que lo celebraron. Como dijo el exseleccionador inglés Terry Venables:

“Sin querer parecer clasista o desleal a mis orígenes de clase trabajadora, es probable que el aumento en el precio de las entradas excluya al tipo de gente que está dando mala fama al fútbol inglés. Hablo de los jóvenes, en su mayoría de clase trabajadora, que aterrorizan los campos de fútbol, los trenes, los ferris y los pueblos y ciudades por toda Inglaterra y Europa”.

Football, Choisy le Roi, 1945 Robert Doisneau.jpg

La demonización de la clase trabajadora se estaba utilizando para justificar la subida en el precio de las entradas y, de paso, excluirla. Al mismo tiempo, el fútbol se convirtió en un gran y lucrativo negocio. A principios de los años 90, la BskyB de Rupert Murdoch firmó un acuerdo por valor de 305 millones de libras por los derechos exclusivos de la nueva FA Carling Premiership. En 1997 firmaron otro contrato de cuatro años por valor de 670 millones de libras. No solo se excluye económicamente de los estadios a muchísima gente de clase trabajadora: muchos ni siquiera pueden ver jugar a su equipo, a no ser que se gasten un dineral en un canal de pago. Mientras tanto, la ingente cantidad de dinero que se mueve en el fútbol ha desgajado a los equipos de sus comunidades locales. Los altísimos traspasos hacen que jugadores llegados de cientos o miles de kilómetros de distancia dominen los principales equipos. Los clubes se han convertido en los juguetes de especuladores estadounidenses y oligarcas rusos. Y con jugadores que ganan hasta 160.000£ semanales, están completamente desligados de sus raíces de clase trabajadora. El diputado laborista Stephen Pound lamenta la pérdida de este icono de la clase trabajadora. “Si miras a los héroes de la clase trabajadora –gente como Frank Lampard o David Beckham-, ¿qué es lo primero que hacen? Se mudan de las zonas de clase trabajadora a Cheshire o Surrey. No tienen la suficiente confianza para ser fieles a ella”.

El fútbol fue identificado como una pieza potencialmente lucrativa de la cultura de la clase trabajadora, así que fue confiscado y reenvasado. Pero en la Gran Bretaña actual, nada relativo a la vida de la clase trabajadora se considera valioso o admirable.

Cómo financias el buga de Kenan Kodro aunque te la sude el fútbol

El fútbol en Españistán continúa desmadrado. Impulsado, mantenido y avivado por el poder político, un estado de excepción financiero corrompe el balompié y, lo que es peor, parasita el erario público. La burbuja económica crece sin aparente remisión y los sucesivos planes de saneamiento, lejos de paliar la situación, han surtido el efecto contrario.

Remontémonos casi 30 años. Es 1985 y el gobierno español, con un partido autodenominado obrero y socialista al frente, decide condonarle a los clubs de fútbol una deuda que asciende a 120 millones de euros. La consecuencia de premiar una mala gestión se vería siete años después. En 1992 llegó el segundo plan de saneamiento mediante el cual el Estado condonaba a los clubs 186 millones de euros, el 80% de su deuda total. Si el primer rescate les salió gratis a los clubs, el plan de 1992 trajo consigo una condición: la transformación en sociedades anónimas deportivas de todos los equipos endeudados. Se salvaron cuatro conjuntos, Athletic, Osasuna, Madrid y Barça, pero el resto de clubs fueron pasto del capital privado. Al fin y al cabo, uno de los mantras neoliberales asocia la privatización a la buena gestión. (Risas enlatadas).

Jesus Gil Gogorregi

La corrupción, empero, se multiplicó en los palcos de primera división. Clubs de socios o SAD, daba igual. Jesús Gil, Paco Roig, Fernando Roig, Del Nido, Piterman, Calderón, Lorenzo Sanz y  Nuñez, por citar los más conocidos, fueron declarados culpables de diversos chanchullos mientras Sandro Rosell, Villar, a la sazón presidente de la RFEF, y Ugartetxe, ex presidente del Athletic, han sido, cuando menos, investigados. 

A día de hoy, la deuda del fútbol estatal con Hacienda asciende a 720 millones de euros y los actuales planes de rescate, conocidos como Leyes Concursales, son a todas luces insuficientes. Por si fuera poco, clubs saneados como Eibar o Mirandés fueron castigados obligándoles a ampliar su capital. Irracional e insultante, pero Tebas, presidente de la LFP, no se sonroja. Algo tendrá que ver que haya ejercido de abogado de clubs inmersos en leyes concursales, empleo que le ha proporcionado 300.000 euros anuales de media de cada club. El despropósito financiero es negocio para Tebas (y otros muchos), por lo que ni de coña iba a renunciar a su trozo del pastel. 

Visto el desorden imperante, hay que tener mucha fe para seguir confiando tanto en la prédica liberal de la mano invisible que regula el mercado como en un gobierno al servicio del capital, que es la única injerencia estatal que pone cachondos a los neoliberales. Sin olvidar la ya derogada Ley Beckham que beneficiaba fiscalmente a jugadores extranjeros, otra de las grandes jugadas del gobierno de Zapatero consistió en pagar 105 millones a la UEFA por los derechos televisivos de 3 temporadas. Corría 2011, plena crisis económica, y el PSOE regalaba dinero público mientras recortaba en sanidad y educación. Cuestión de prioridades, mucho más saludable un Madrid-Olympiakos en abierto que invertir en pan y trabajo. Como a todo hay quien gane, Canal 9, casualmente desaparecida a día de hoy, dilapidó 400 millones de dinero público en derechos televisivos y otros milloncejos más sponsorizando al Villarreal. Es decir, el PP usó medios públicos, como la Agencia Valenciana de Turismo o la citada tele pública, para inyectar dinero a clubs privados. 

Otra manera de impulsar públicamente la burbuja futbolística es la recalificación de terrenos, un campo muy explotado en el PP, pero también por la derecha local, léase PNV. Athletic, Villarreal, Real Madrid, Atlético, Levante, Murcia, Zaragoza, Barça, Sevilla, Betis y hasta la RFEF han ganado o, por decirlo finamente, se han ahorrado ingentes cantidades gracias a recalificaciones. Por poner un ejemplo, Florentino Pérez, mira por dónde constructor y ex-concejal de UCD, consiguió recalificar la ciudad deportiva del Madrid, operación que procuró al club un beneficio de 500 millones de euros.  

Los futbolistas, por su parte, son agraciados cómplices de todo este desaguisado. Veamos algunos ejemplos. Cuando los jugadores de la selección española se alzaron con la Eurocopa de 2008 no tributaron nada de su correspondiente prima a la Hacienda estatal, aunque sí a la austriaca. Todo legal, sí, pero la cosa tiene su guasa en cuanto la mal llamada Roja es utilizada políticamente a mayor gloria del nacionalismo hispano. 

Un caso mucho más cercano es el de los jugadores del Athletic, que hasta hace unos años y gracias a las Haciendas vascas, únicamente tributaban por la mitad de sus ingresos. El trato de favor, modificado posteriormente, generó algo de revuelo y cuando a Oscar De Marcos le preguntaron al respecto, éste zanjó el asunto diciendo “no tengo nada que decir de eso”. 

de marcos y messi

El caso más flagrante es el de Messi. Cometió un fraude fiscal de 4,1 millones de euros y al acudir a declarar el populacho le esperaba a las puertas del juzgado para aplaudir y jalearle, cuando en realidad deberían haberlo linchado por haber estado robándoles a la cara. He ahí el colmo de la alienación. Messi ingresaría 5 kilos para compensar su “despiste” pero el caso se tornó más esperpéntico cuando el juez que instruía la causa ordenó seguir la investigación, en contra de la petición de la Fiscalía de sobreseer el caso. A la Fiscalía se le supone la defensa del interés público, por lo que deducimos que Españistán está más interesada en los goles de Messi que en investigar el fraude fiscal. En este punto tampoco hay que olvidar la función del fútbol como opio sociopolítico. De hecho, ¿quién se acuerda del fraude fiscal de Messi? ¿A quién le importa realmente?

El fútbol lleva décadas gastando mucho más de lo que genera. En la práctica, los clubs operan como canales para el negocio de terceros. Aquí entran los estratosféricos sueldos de los jugadores, inasumibles en la mayoría de los casos pero financiados por el ciudadano de a pie. Esto a los jugadores se la pela y no les importa seguir exprimiendo a seguidores y ciudadanos cuando solicitan más dinero por dar patadas a un balón. El lujo y privilegios de unos pocos es a costa de toda la sociedad y ya hemos visto que la mayoría de los políticos, lejos de frenarlo, no hacen sino alentar el desenfreno. Unas veces por acción, otras por omisión, el dinero público sigue manteniendo ese chiringuito privado que es el fútbol. Kuper y Szymanski lo explican bien en Soccernomics. Esto es lo que dicen al hilo de la deuda:

“Está claro que el Atlético de Madrid y el Valencia en particular no lograrán pagar nunca a sus acreedores. En la práctica, los bancos y el gobierno local, y por consiguiente el Tesoro español, subvencionan a estos clubes [y también al resto de clubs con deudas o con tratos de favor, en opinión de Alabinbonban]. Los coches deportivos de los delantero centro los pagan los contribuyentes que ganan sueldos normales”.  

Por todo esto, cuando escuchamos el cacareado “fútbol no es política” o máximas tipo “no hay que mezclar fútbol y política” dudamos si el interlocutor lo hace por supina ignorancia o directamente por hijoputismo redomado. El fútbol se ha vuelto cuestión de Estado y la autodenominada mejor liga del mundo lo es gracias a trampas financieras y actuaciones de escasa moralidad que adulteran no sólo el campeonato sino también los torneos europeos. 

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El futbolista: mercancía sin memoria

Generalmente suele ocurrir en periodo de fichajes, cuando los clubs se esfuerzan por generar ilusión mediante fichajes y optan por aligerar su plantilla dándole la patada a alguna cara demasiado vista. Es entonces cuando el jugador cae del guindo en el que vivía y se queja. Baste una somera visita a la hemeroteca para arrojar un poco de luz:

“El Getafe me trató como mercancía”, decía hace unos veranos Miku de su ex-equipo. Robinho sintió lo mismo en el Real Madrid. Piqué dejó la cantera el Barça con 17 años rumbo a Manchester por idéntica razón, pues según el comunicado emitido por su familia “Gerard ha sido tratado como una mercancía y nunca como la persona que es”. Nada como que las cosas se tuerzan para darse cuenta de la realidad: “Con este calendario nos da la sensación de que somos una mercancía”, decía Albelda en 2007 quejándose de la carga de partidos. Coger distancia también puede ayudar para llegar a la misma conclusión: “El futbolista es una mercancía”, sentencia el argentino Latorre, delantero del Tenerife allá por los 90. 

Bienvenidos al capitalismo, un sistema basado en la explotación de todos aquellos desposeídos de los medios de producción. El currela, si quiere subsistir, está pues obligado a venderle su fuerza de trabajo al capitalista, un benefactor Señor Burns que acudirá al mercado de trabajadores buscando mano de obra que maximice sus beneficios. Aquí entra en juego la cacareada ley de la oferta y la demanda, que elevará o disminuirá el coste, perdón, salario de los trabajadores y hará que estos se peguen entre sí por un puesto. El futbolista no está exento de esta lógica que cosifica, aliena y deshumaniza a las personas y que le vuelve contra sus semejantes por un trozo de pan o, en el caso del fútbol, una vida a todo trapo. 

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Pocas plazas para un premio tan jugoso multiplican los codazos. Las mercancías compiten entre sí y, en una suerte de darwinismo social, sólo los más aptos sobreviven, tanto en la cancha como fuera de ella. Una anécdota nimia que sirve para ilustrar el caso la protagonizó Roberto Torres, extremo del Osasuna. En un partido de hace ya varias temporadas, con el portero rival como único oponente, Torres conducía el balón escoltado por un compañero libre de marca. Un 2 contra 1 de manual, donde el pase al compañero es obligado. Pero no. Torres chutó… y marcó. Su explicación ante los medios fue que “me hacía falta marcar, a ver si así tengo más oportunidades”. Primero él, luego el equipo. Vivo ejemplo de cómo el capitalismo alienta la competencia y ésta a su vez potencia el egoísmo por encima del bien común. 

Otro detalle menor pero en la misma sintonía debió de ocurrir en Lezama hará ya unos cuantos años. Cuentan las malas lenguas que un canterano recién ascendido al primer equipo se empleó con excesiva dureza en algunos entrenamientos. Al ser recriminado por sus entradas a destiempo, el joven apeló a la precaria situación laboral de sus progenitores y, por tanto, a la imperiosa necesidad de hacerse con un hueco en la plantilla, aún a costa de tobillos y tibias de sus “compañeros”. 

Más ejemplos sobre la competencia entre mercancías. El Sindicato de Futbolistas Profesionales de Portugal llegó a quejarse del exceso de futbolistas extranjeros en la liga portuguesa. Manejan similar indigencia moral que la de muchos trabajadores que culpan de sus males al extranjero en vez de al modo de producción capitalista y a las relaciones sociales de producción. ¡Es el capitalismo, estúpidos! Algún despistado pensará que el sindicato portugués, en un arrebato de patriotismo mal entendido, quería proteger a los trabajadores locales pero nada más lejos de la realidad, ya que allá por 2007 amenazó con ir a la huelga porque no quería que futbolistas lusos tributaran de acuerdo con las tablas salariales de sus conciudadanos. Es decir, siendo probablemente peores jugadores que los extranjeros, encima querían mantener privilegios económicos a costa de sus compatriotas, o sea, sus hinchas. Caradura propia de capitalistas acostumbrados a leyes ad hoc. 

Similar “solidaridad” demostraron los clubs de la liga francesa hace unos años al amenazar, con el beneplácito de los futbolistas, con una huelga a raíz de la intención del gobierno de promover un impuesto a salarios a partir del millón de euros. Más que a huelga aquello olía a cierre patronal, con el único fin de preservar privilegios y negocios millonarios. Sin embargo, hubo una época en la que el futbolista era una mercancía mal pagada y con condiciones laborales deplorables, situación que le empujaba a la huelga y a la protesta por nobles razones. Lo hicieron los jugadores del Manchester United en 1909 (http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2882), los futbolistas argentinos en 1931 y 1948 y los futbolistas franceses al calor de Mayo del 68 (https://carlesvinyas.wordpress.com/category/mayo-del-68/). Eran otros tiempos, el dinero aún no había nublado el estatus y el cerebro de los futbolistas.  

Hoy en día el futbolista sigue siendo una mercancía, con la paradójica peculiaridad de que puede acumular mayor capital que el tipo que le contrata. Ha olvidado que un día fue obrero y se tiene a sí mismo por un VIP, casi una PYME. Lo expresa a la perfección el padre de Neymar: “Nuestro hijo es una empresa y su madre y yo somos los presidentes. No me supone ningún problema verlo así”. El Barça o el PSG habrán podido explotar a Neymar, pero Neymar explota su propia imagen y a su vez tiene la capacidad de explotar, perdón, contratar infinidad de empleados para extraer plusvalía de ellos. 

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Mercadear con futbolistas es, al fin y al cabo, el trabajo de representantes y de, oh novedad, los fondos de inversión, de los que Tebas se declara “muy partidario”. Cuando los clubs no andan muy boyantes recurren a este tipo de triquiñuelas para poder fichar. El jugador tiene entonces más de un dueño y en cuanto logre revalorizarse el fondo de inversión sacará tajada de un hipotético traspaso, en principio de mayor cuantía que su fichaje. Es decir, se especula con el jugador. Dicen que de este modo fichó en su día el Atlético a Griezmann. Por otra parte, hoy en día los agentes se lanzan no ya a por futbolistas, sino directamente a por niños. El agente García Quilón recientemente en El País (https://elpais.com/economia/negocio/2020-03-20/los-goles-millonarios-de-los-agentes-de-los-futbolistas.html): 

“Ahora se ficha a los chicos con 12 o 13 años, casi en edad infantil. No me parece honesto. Se ganan a sus padres con regalos, botas, ropa de marca. Son críos que están en edad de formación, no bienes inmuebles. Estudiar es la prioridad. Pero no es así. Se quiere atar a los jóvenes con cláusulas abusivas. ¿Cómo se puede tener un contrato de 5.000 euros y una penalización por rescisión de 100.000 euros? ¿De qué forma van a pagar eso sus padres?”

Cabe pensar, en todo caso, que a día de hoy el verdadero explotado es el hincha de a pie. Cuando un jugador recibe un dineral por jugar al fútbol o presiona por el enésimo aumento de sueldo, lo hace bien a costa de sus hinchas, que lo sufragan directa (abonos, entradas, camisetas) e indirectamente (TV), y en el peor de los casos alientan estratosféricas renovaciones; o  bien a costa de la ciudadanía, que indirectamente paga aquello que el jugador no tributa debido a leyes de excepción o una fiscalidad a mayor gloria de la burguesía. Es decir, el jugador-mercancía pasa a ser un agente más en la explotación de un deporte que lleva consigo sentimiento, pasión y, en general, la necesidad de diversión y ocio por parte del pueblo. Por eso rechinan una huelga como la promovida en el estado francés o las lágrimas de cocodrilo de Albelda. No se puede abrazar ferviertemente el capitalismo, el mismo que te baña en oro mientras se carga el deporte para fomentar el negocio, y luego quejarte sólo cuando tocan tu cartera. 

Y esto en las mejores ligas del mundo. Fuera de Europa la condición de mercancía se presenta más descarnada. Las mafias aprovechan la miseria de niños africanos y trafican con ellos mientras ávidos representantes compran niños en Latinoamérica. Basten una película, Diamantes Negros, y un libro, Niños Futbolistas, ya comentados en este blog (https://alabinbonban.wordpress.com/2014/05/30/thinking-football), para dar fe de este drama. Son la cara b de la opulencia, la que nunca será portada de Marca. 

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«Júrgol», por Jon Odriozola. 

Cojamos distancia y reflexionemos un poco sobre el fútbol en estos días de reclusión forzada. Para ello, Alabinbonban rescata una vieja columna (1-10-2013) publicada en Gara bajo la firma de Jon Odriozola 

En lo que tiene que ver con el planeta fútbol mi postura es reaccionaria, es decir, cualquier tiempo pasado fue mejor. Mi táctica es la Luis Aragonés, el Sabio de Hortalezas y Verduras: 1-3-2-5 y luego a ver quién achucha más, lo mismo de local que de visitante.

Y no lo digo sólo por la locura que suponen las distintas franjas horarias en que se disputan los partidos para satisfacer los intereses de los derechos televisivos que lo mismo te ofrecen un encuentro a las doce del mediodía del domingo que a las diez de la noche un lunes. Demencial. O la deuda del fútbol español con Hacienda, con clubes, estos sí, que han vivido por encima de sus posibilidades pero que se saben -los grandes- impunes contando con la indolencia de las administraciones locales y el factor político alienante y narcotizador como válvula de escape que es el júrgol.

Y, en lo deportivo, el injusto reparto de los derechos de televisión contribuye a que la Liga sea cosa de dos, algo que empieza a aburrir. Eso no ocurre ni en la Bundesliga ni en la Premier. Por no hablar de los elevados precios de las entradas que están provocando que las aficiones que pasan por taquilla, sobre todo en equipos modestos de Primera, huyan de las canchas, yendo a la piratería de señales por internet o al bar. O equipos que han desaparecido, sobre todo, y esto no se dice, femeninos.

 

Van a acabar con la gallina de los huevos de oro por pura avaricia. Acabaron con el pan y acabarán con el circo. No será para tanto, me dicen. No. El fútbol, algo que ya intuíamos, ¿no es cierto?, ya no es un deporte, sino un negocio y una mercancía. De sociedades deportivas se pasó a las sociedades anónimas -menos el Madrid, Barça, Osasuna y Athletic-, ergo fútbol como mercancía, para reducir la deuda. Todo inútil. Los clubs españoles se han convertido en exportadores de la materia prima que es este negocio: los futbolistas. De aquí que se mire como nunca la cantera, incluidos los grandes. Ahora tienes que pagar por ver fútbol, ese producto mercantilizado que llaman «profesional» convirtiendo al aficionado en un consumidor de algo que, probablemente, ni siquiera entiende pero es un fenómeno social. 

¿Hará falta decir algo sobre los 100 millones de euros pagados por Bale? Es la «lógica» del capital…

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Recuerdo cuando, joven, pusieron el alumbrado eléctrico -todo un acontecimiento a la sazón- en el mítico y legendario Old Lasesarre de Barakaldo (hoy Nou Lasesarre). Mi peña estaba orgullosa, joe, qué era aquello, oyes. Yo, sabio pirrónico, dije estas inquietantes palabras: «esto es el principio del fin del júrgol». Y añadí, como iluminado y Gran Maestre de Logia, estas premonitorias apotegmas: «ya no veremos nunca mais partidos los sábados o domingos a las cinco de la tarde después de jugar la partida al mus aprovechando la luz natural ,como en los toros, sobre todo en invierno, que Lorenzo se pone antes. Nos obligarán a ver partidos a las ocho de la noche, con luz artificial, y nuestras novias y parientas nos pondrán los cuernos con toda razón. Escuchadme bien, cuadrilla: ¡esto es el Armaggedón! Y llegará el tiki-taka, que son los aburridos rondos que hacíamos cuando entrenábamos de juveniles… ¡Arrepentíos!». Ite missa est.

 

El equipo filial

Somos conocidos en el mundo por ser un equipo de cantera. Por eso tenemos el territorio plagado de ojeadores, que pescan aquí y allá los delanteros más habilidosos, los defensas más férreos y los carrileros más rápidos que entren dentro de la peculiar idiosincrasia y filosofía de nuestro club. Para muchos, sin embargo, nos hemos forjado una fama de club endogámico, xenófobo para los más “haters”, o incluso directamente identitario o supremacista.

Justa o injustamente, desde que a finales de los años 70 se creó el filial, éste no ha cosechado grandes éxitos, o por lo menos en cuanto a títulos se refiere, más allá de nutrir de jugadores al primer equipo, en algunas generaciones de manera medianamente exitosa. Pero en general, el segundo equipo ha sido una mera comparsa para distraer al público local y dar un respiro a los juveniles de la provincia para darles una salida laboral en este negocio tan difícil.

Hubo algún año, es cierto, en el que se estuvo cerca de la promoción a Primera, aunque por todos es sabido que el ascenso, por norma, era imposible. Pero el espejismo, la ilusión, efímera y falsa con la que el imaginario colectivo soñaba, parecía real. Incluso había quien iba más allá, y en un claro exceso de imaginación, especulaba con una emancipación del filial para un hipotético ascenso, o por lo menos con cambiar la norma y que pudieran competir en igualdad. Si los chavales pueden, por qué no. La realidad fue tozuda, y con los años volvimos por nuestros fueros, a la Segunda B, al lugar que nos corresponde, con algunos fogonazos en Segunda A. Y por supuesto, la norma sigue ahí, impasible y perfilada a cincel.

Por desgracia, hoy ya no queda ningún Julen Guerrero que nos vuelva a ilusionar, que agite su melena al viento tras marcar un gol imposible y nos haga soñar con un futuro brillante. Ahora, en el B, se ven jugadores semi-profesionales que conducen un cochazo para aparentar ser más de lo que son, a sabiendas que su carrera se quedará ahí, sin demasiadas aspiraciones, pero con un sueldo y una carrera en el fútbol más que suficiente para vivir dentro de la estructura de un club cuyo equipo en Primera División es el que gestiona su devenir y realmente parte el bacalao.

A dónde queremos ir a parar, se preguntará el lector. Pues que en estos últimos días ha quedado meridianamente claro que el filial, el Gobierno de Lakua encabezado por Urkullu, no es más que un equipo B de quienes realmente juegan en Primera, eso sí, con plantilla de Tercera. Ese club, el Estado Español, que no vale para jugar en Europa, que no aspira a título ninguno y que acaba de despreciar a los jugadores de su filial vascongado en cuanto han querido aparentar más de lo que realmente son.

De esta guisa, un ascenso a Primera, una hipotética emancipación del filial integrado por una buena camada, es imposible. Cuándo llegará una generación de jugadores que pueda reivindicar su derecho a competir con los grandes y una hinchada que sea consciente de que se puede, y que se debe, es lo que yo me pregunto, kontxo.

Sestao River – Athletic Club: vuelta al hogar

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**Txinbo iblitaria

Cómo no recordar la escena de Billy Bright en “The Football Factory“, cuando lleva a su mujer a una taberna a ver el sorteo de Copa y a su amado Chelsea le toca el Millwall. Él, feliz por la somanta que se van a dar con su eternos y temidos rivales a los que no ven en Liga. Nosotros, por poder vivir una competición que quiere parecerse a la inglesa, en Las Llanas, el estadio más chulo de Bizkaia sin ninguna discusión.

Así que un frío sábado de enero, gracias al azar y a una cola que nos comimos sin rechistar para conseguir las codiciadas entradas, nos encontrábamos en las calles de La Margen Izquierda dando rienda suelta a nuestra euforia con los numerosos hinchas locales que nos hicieron de sherpas. El ambiente previo discurrió como debe ser: txarangas de kalejira, poteo por las calles del pueblo, armonía y nada de tensión. Un derby en toda regla.

Camino del estadio, apurando birras (se nos hizo tarde) y ya con el ansia en el cuerpo por entrar, nos esperaba una buena cola y, como no podía ser de otra forma, las mismas caras haciendo la “seguridad” del evento. Vaya chollito tiene alguna empresa y algunos empleados con esto de dar por culo en los accesos. Total, para lo que sirve su presencia. Eso sí, sin cacheo y sin torno se vive mejor, y después de romper la esquinita de papel de la entrada, como en los viejos tiempos, pudimos acceder sin mayor percance para encontrarnos unos baños de obra y vegetación de descampado. No podía empezar mejor.

Con una grada local hasta la bandera, no tuvimos otra opción de dejarnos caer por donde pudimos, lo más cerca posible del césped. Las vallas antiavalancha servían de reposabrazos para las cervezas que conseguimos sacar en una taberna-txozna en lo alto de la lateral, donde ¡oh, sorpresa!, vendían alcohol. Con tres cuartas partes del estadio de pie en gradas irregulares y un lleno hasta la bandera, aquello podía parecer Las Llanas en 2020 o San Mamés en 1985. La hostia.

Sobre lo que ocurrió en el césped, poco que comentar más allá del dominio del Athletic que, no obstante, no fue impedimento para que el River tuviera alguna ocasión que pudo alegrar a la parroquia local y suficiente para encender todavía más las caras de los niños sestaoarras, que bien podían ser las nuestras en el gallinero de la sur de La Catedral hace décadas ya. Para rematar la faena al finalizar el partido y con Las Llanas atronando, Ibai tuvo el detalle de lanzar la camiseta a la grada, gesto muy aplaudido y apreciado. Un jugador de barrio, que no olvida sus raíces y conoce el suelo que pisa. Y en ésas, cuando todo era sublime, alguien petó una bengala para dar la última pincelada al cuadro.

Ese cuadro que cuelga de nuestra pared interior y que nos recuerda cómo era todo hace tiempo. Sigue ahí, en Sestao, en Las Llanas. Ese lugar que siempre debe existir, que a nuestro subconsciente le gusta que exista y no cambie, que sea fiel a sus raíces, fabril, casta. Nos hace sentir bien, en paz. No todo ha sido barrido por la moda. Sestao no es el mismo que hace 30 años, pero se le parece mucho. ¿El Athletic a quién se parece?

Como todo no podía ser de color de rosa, y por poner una nota discordante, el uso de megáfono, tambores y cánticos franquicia restó misticismo a la experiencia. Todo tan distinto y auténtico, algo tan igual. ¿Cuál será la primera afición de Euskal Herria en darse cuenta de la gran oportunidad que hay de crear un estilo propio?

EURO 2020: humillación

En un articulo reciente en el blog Borroka Garaia Da (enlace), el autor definía la celebración de la Euro en Bilbao como “nuevo acto de humillación”, en la medida en que la demanda popular, no sabemos si mayoritaria o no ya que no se nos pregunta, de la oficialidad de una selección vasca, es negada sistemática y precisamente por la federación que representa al país del que vamos a ser sede local y al que la parte sur de nuestra nación pertenece por la fuerza.

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Una vez más, este acto es impulsado y propiciado por la única razón que mueve al Partido Guía, el dinero. El Partido Ikurriña Al Viento promete una lluvia de millones, como si la Hacienda de Bizkaia hubiera frotado un billete de lotería en la chepa de Santiago Abascal. Y la gente se lo cree de verdad. Si el PNV dice que es bueno para el país, y El Correo y Deia lo avalan, pues es que será bueno. Y claro, sorpresas pocas. Aunque habrá quien se sorprenda de que sea el PNV de Ortuzar, abanderado de los “independentzias” en los Alderdis y demás proclamas al aire, quien adelante por la derecha al juntero del PP Javier Ruiz (muy de Guecho y mucho de Guecho), que se ha pasado dando la matraca con su casaca roja en Gernika con la leyenda “ESPAÑA en San Mamés” varios años. En esto ha quedado el autonomismo, o quizá es que el público objetivo de los dos es el mismo, vistos los resultados electorales.

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Resumen visual de todo el programa político del PP para Bizkaia

Y aunque lo intenten llevar de tapadillo, se avecina tormenta. A la presencia de España se une la presencia de Polonia y quién sabe si algún ilustre visitante más de la repesca. Y en éstas nos encontramos muchos ciudadanos de este país, no sabiendo si blindar los bares del Casco Viejo con sacos terreros ante una posible visita a patxas de ultras polacos y españoles de la mano con ayuda de la Ertzaintza (como ya ha ocurrido en Bilbao con estos mismos actores), si coger un vuelo sólo de ida a Nueva Zelanda y dejar que la plaza la defienda Ortuzar con su makila, o si montar un pifostio del 15 para decirles a los tarados que habitan Sabin Etxea que aparte de unos vendepatrias, son unos irresponsables.

Mientras, otros harán cábalas de cuánto van a ganar con el evento. Dueños de hoteles, AirBnbs, bares o establecimientos de diversa índole (¿putetxes?). El currela, por supuesto, no verá un real, al igual que nuestras arcas públicas, vía exención fiscal, y los voluntarios (o esclavos), vía humillación laboral (y liberal).

Pero, ¿alguien está haciendo cuentas de lo que se puede perder? ¿Se está cuantificando el gasto en seguridad? ¿El gasto en limpieza? ¿Hay un retorno real, es rentable social y políticamente? ¿Se cree el señor Aburto que la (mucha) gente que se siente humillada se va a quedar en sus casitas mientras contemplan como sus calles, su estadio y su país son mancilladas por cuadrillas de fascistas? ¿Piensan acaso que vamos a dejar en manos de sus policías nuestra seguridad, teniendo en cuenta los precedentes? Desde luego, si fuera el propietario de un bar en las 7 calles, una taberna de Sabino Arana llamada “Athletic” o una tienda en Gasteiz, me vería obligado a tomar las medidas de autoprotección que procedan (a quien corresponda).

Y, si nos sentimos huérfanos en seguridad, no digamos en representación política. ¿Algún representante político está levantando la voz ante este atropello? Porque, más allá de dinámicas populares sin el poder mediático que se les debería brindar, la oposición a nivel institucional brilla por su ausencia. Ponerse de lado para, a posteriori, hacer juicios de valor o rasgarse las vestiduras, será en vano. Y no, sacar ikurriñas al balcón es lo que harán los votantes del PNV, para luego votar otra vez a quien ha traído a la selección española a casa. Meros gestos simbólicos que no valen nada contra hechos consumados. Disidencia reducida al folclorismo.

Por último, qué decir de nuestro Athletic, su presidente, sus responsables de comunicación – infiltrados, jugadores varios y demás. Llamarles colaboracionistas es quedarse muy corto. Desde Elizegui, pasando por Williams, Iñigo Martinez, Julen Guerrero o Iraia Iturregi. Alfombra roja para postrarse a los pies de Felipe VI, como si viniera a jurar los Fueros (o a abolirlos, ya que estamos). ¿Luego besarán el escudo de la Euskal Selekzioa? Porque soplar y sorber…

¿Nos echarán de nuestro estadio por cantar el Eusko Gudariak como se hizo con su padre? ¿O ayudarán a los ultras españoles a robar las pancartas de nuestra afición como ya hizo “nuestra policía” antaño? ¿Quizá les dispararán a ellos pelotazos en la cabeza o eso está solo reservado a la gente pacífica de nuestra hinchada?

En fin, mucha preguntas, mucha incertidumbre, algo de temor a lo que nos pueda reservar este evento, mucha mala hostia y una sensación de humillación total. Toca poner el balón en el tejado que corresponde y, por una vez, sacarles los colores a los de siempre.

+ sobre la Euro en Alabibonban

Reflexiones 1

Reflexiones 2

Bilbao, en el punto de mira