¿Esclavos en San Mamés?

Un nuevo estadio es necesario, repetían como un mantra los favorables a construir un nuevo San Mamés. Entre los argumentos más exprimidos se encontraban la necesidad de dar cabida a más hinchas o lo peligroso de una avejentada Catedral. Pusieron un caramelo en la boca de una masa social adormilada, que engulló ávidamente el dulce sin pensárselo dos veces. Había que hacerlo, que somos de Bilbao.

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Como cada vez que se levanta una obra faraónica, algún que otro malpensado vislumbraba pelotazo, trasvase de ingentes cantidades de dinero público a empresas y colegas, igualito que en Valencia y otras comunidades peperas. Desde Arrate hasta hoy todos los vaivenes del proyecto han sido elaborados a puerta cerrada, no fuera que alguien de fuera del “círculo” metiera los morros. Para empezar, el proyecto fue dado a dedo. Nada de concurso público u proyectos con condiciones, tales como salvar el arco. ¿Para qué? Como el presupuesto era astronómico, el Athletic tuvo que pedir sopitas a BBK, Ayuntamiento, Diputación y Gobierno Vasco, entidades con gran peso jeltzale que acogieron gustosas la operación. El club lograba pasta a costa de compartir la titularidad del campo pero nadie se planteó vender jugadores, como otrora se hiciera con Garay, o que lo sufragáramos, aún más, los socios. Esta pérdida de independencia se evidenció con la polémica suscitada a raíz de la posibilidad de que España pueda jugar en San Mamés (enlace), ocasión que aprovechó el PNV para escenificar una ridícula autoparodia. Tras pilotar todo el proceso se sorprendieron del puerto al que habían arribado. Delirante.

A pesar de esa estafa llamada crisis, los desahucios o el paro, pocos se sonrojaron por el uso y abuso de dinero público en la construcción de algo tan indispensable como un estadio para disfrute prácticamente exclusivo de una entidad privada. El campo a toda costa. Y si alguien osa cuestionar tal egoísmo se le responde que el Athletic genera mucho dinero a su alrededor. Aún no sabíamos de los beneficios fiscales de nuestros jugadores. Además, nos dijeron, el nuevo estadio generará trabajo y riqueza. Nos sonaba la excusa.

Ahora que al estadio le falta poco para acabar, leemos en la prensa que, amén de sobrecostes, hay empresas que no han cobrado algunos trabajos y que las condiciones laborales de los trabajadores han sido penosas. ¿Alguien dijo avaricia? Como éste es un mundo libre, que diría Ken Loach, son trabajadores extranjeros quienes en condiciones de “elevada explotación laboral” según ELA, acaban levantando un estadio financiado en gran parte con dinero público. ¿Por qué no se contrataron currelas locales y se aplicó el convenio correspondiente? Porque las instituciones públicas implicadas, léase PNV, pasaron de exigirlo, ya que a sus jauntxos les hubiera salido más caro contratar vasquitos. Toma patriotismo, generando trabajo… en Portugal. Y, ojo, el problema no es el origen del trabajador (portugués o vasco, es igual) sino la clase capitalista que le explota, sea en Bilbao, Lisboa o Turín.

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El fútbol y el Athletic tienden a tapar todas estas tropelías e inmoralidades. El escaso debate entre nuestra masa social al respecto, más allá de honrosas excepciones (Enlace 1 y Enlace 2) y alguna acción aislada y quizás no bien enfocada, nos iguala con nuestros vecinos al sur del Ebro, aquellos de los que muchos hacen chanza sin reparar antes lo que ocurre en casa. La fórmula de pan y circo es universal, no hay más que ver cómo funciona en Bilbao y Bizkaia.

De momento tenemos un estadio con accesos precarios y estrechos en la zona de Olabeaga y aglomeraciones en baños y tribunas superiores. Por no decir que le han birlado al socio la mejor zona de visión para poner palcos VIP. De la insuficiente grada de animación mejor no hablar. A muchos les encantará el estadio, a otros nos parece frío e impersonal. Es lo de menos. Lo verdaderamente preocupante es que, al igual que cuando vemos pirámides egipcias, no reparemos en que ambas están construidas mediante las condiciones de esclavitud propias de cada época. Y, todavía peor, que al socio del Athletic le importe tres cojones cómo se ha construído su nuevo juguete.

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