Mordaza en el estadio, cuchillos en la calle

Un clima de histeria y mojigatería se ha instalado en el fútbol estatal. Pobre BBVA, sus accionistas deben de estar consternados por la violencia y sus directivos replanteándose el patrocinio de la liga, si no fuera porque sus millonarias donaciones a la industria militar los hacen expertos en el arte de la guerra. Pero no, cojámonosla con papel de fumar.

La cosa tiene su miga: unos fascistas de sobra conocidos, connivencia o negligencia maderil mediante y sobre la cual nadie inquiere, asesinan a un ultra y tras un circo mediático repleto de morbo y mentiras, versiones policiales a la medida de Harry Potter, escaso sonrojo de directivas y altos cargos, vemos cómo el foco se pone en el hincha de a pie. Los cánticos violentos como excusa, el aficionado como chivo expiatorio y la represión como medida de justicia. Marca España en resolución de conflictos.

Gradas

Entre los frentistas detenidos han figurado un guardia civil, un militar y un amante de la Legión. No es novedad que entre este tipo de grupos pululen elementos de las FSE. Por ejemplo, uno de los guardias civiles que ETA mató en Mallorca en 2009 era un “camarada” de Ligallo, tal y como estos reconocieron públicamente (fuente). España como estado y, por ende, su policía ostentan escaso aval democrático para impartir justicia. Cuando numerosos grupos ultras han incurrido en apología del genocidio y el terrorismo, loando el franquismo o el nazismo, la policía ha pasado olímpicamente. Asimismo, era mucho pedir que la fiscalía de la Audiencia Nacional actuara de oficio; al fin y al cabo mutó la nomenclatura allá por el 77, cambiaron el rótulo de la fachada y a correr.

Nos vienen ahora con nuevas leyes y sanciones a fin de, dicen, evitar la violencia, centrándose en los cánticos y olvidándose de las causas. El exceso de celo, o lo que viene a ser la Ley Mordaza pepera aplicada al fútbol, llega al punto de que la LFP de Tebas, el amigo de Fuerza Nueva, quiere sancionar al Rayo por cánticos como “Frente Atlético asesino”. En San Mamés hay que subrayar la celeridad y el oportunismo con el que la Ertzaintza, sedienta de ajustar cuentas, se afanó en buscar a aquellos que contra el Alcoyano profirieron gritos de “policía asesina” en el marco de los cánticos recordando a Iñigo Cabacas. Trincaron a un chaval de Mungia, mandando un aviso a navegantes: “cuidadito con lo que hacéis, que pa´ lo nuestro somos muy sensibles y podemos dar contigo entre 500 personas en hora y media;  aunque tras dos años y medio aún no hayamos encontrado al compañero(¿s?) que mató a Cabacas”. Que la censura nos dé imaginación para protestar o simplemente entonar verdades como puños: “Iñigo Cabacas ertzainek hil zuten”.

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Mientras tanto, los Boixos Nois acuchillan a dos hinchas en un partido europeo (¿efecto llamada?) y los ultras del Valencia se pasean, literalmente, por el césped de Ipurua. Ante estos hechos, de poco valen las medidas de los conversos, hasta ahora inoperantes, puesto que centrarse en los efectos y no en las causas de los problemas potencia el disimulo, no la erradicación. No son más que medidas impulsadas para limpiar la imagen y preservar el negocio, porque aquí las leyes son para el populacho. Baste recordar la Ley Corcuera, que prohibía el alcohol en los estadios. Faltó tiempo para que su impulsor fuera cazado con una bota de vino en el Bernabeú. Se sanciona, y con razón, a quien lanza un plátano a un jugador negro, pero jamás a Roberto Carlos o Simeone por posar públicamente con ultraderechistas. La severidad del castigo que recibe un hincha jamás la recibiría un tal Stoichkov tras agredir, primero, a un árbitro y, después, mentir al respecto; o un tal Mourinho por meterle el dedo en el ojo a Vilanova y después reírse de él en rueda de prensa; o un tal Raúl García cuando provoca a la afición rival con el beneplácito arbitral como hace unas semanas en San Mamés. El show, mercantilizado y a medida del poderoso, por encima de todo.

Insultar al árbitro y al rival será feo, pero esto no es Argentina (Mafias Bravas), Inglaterra ni Europa del Este. El verdadero peligro radica en el popurrí ideológico criminal de la ultraderecha, aspecto que las autoridades eluden mientras criminalizan a hinchadas de izquierda. Hipótesis como un movimiento ultra fuera de los estadios dotado de mayor organización y violencia y menos controlado si cabe por las FSE rondan por nuestra mente, mientras el espíritu de Ned Flanders domina las canchas y policía, directivos, periodistas, futbolistas y políticos, lejos de rendir cuentas, se van de rositas. Porque, por si alguien lo dudaba, el Frente ya está de vuelta, y por la puerta grande, en El Calderón, donde “siempre será bienvenido” según Cerezo. ¿A cuántos más tendrán que asesinar?

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