Elecciones a puerta cerrada

Tras la misiva de Macua anunciando su retirada de la carrera electoral, y salvo sorpresa mayúscula, la junta de Urrutia prolongará su mandato cuatro años más. La prensa recalca que no habrá elecciones y da cancha a las declaraciones de Macua que, compendio de críticas aparte, sintetizan bien cómo hay que trepar para llegar a Ibaigane. Citamos:

“Concurrir a las elecciones, necesariamente, iba a significar tener que enfrentarnos a la voluntad y a la acción de agentes sociales muy importantes en nuestro territorio, con significativo peso en la conformación de la opinión pública, y con cuya sensibilidad en muchos ámbitos de opinión o actividad distintos a los referidos al Athletic muchos de los socios y socias que hemos participado en ese proceso de reflexión nos sentimos o podemos sentirnos afines o próximos. Y no queremos ese enfrentamiento”.

Es harto evidente que Macua tanteó el terreno en Sabin Etxea y que ante la negativa del PNV, bien a prestarle ciertos apoyos bien a mantenerse al margen en las elecciones, ha decidido no presentarse. Donde manda patrón no manda marinero y el abogado bilbaíno se ha hecho a un lado, contemporizando, explotando su sumisión y evitando desgastarse en una partida con las cartas marcadas. En todo caso, sí ha habido elecciones, pero a puerta cerrada y con la exclusiva participación del PNV, que es quien ha paralizado la votación, habida cuenta de la comodidad que le brindan los actuales inquilinos de Mazarredo 23 y la golosina estratégica que supone el Athletic. En una lección de democracia, el PNV ha decidido antes, a espaldas y en nombre de todos los socios que el presidente debía ser Urrutia. Sumémosle que la necesidad de avales excluye de facto la presentación de proyectos de otro tipo: todo queda atado y bien atado.

MacuaSabin

No obstante, las palabras de Macua y sus defensores suenan a falso lamento. Tanto él como Urrutia representan dos caras de la misma cultura clientelar, enemiga de la transparencia, depositaria de oscuros intereses y supeditada a tejemanejes empresariales y partidistas ajenos al club. Les diferencian matices, claro, pero en lo sustancial están de acuerdo, pues ambos se pliegan a terceros y asumen que las decisiones se toman a espaldas del socio, qué decir del aficionado y la masa social.

La bendición jeltzale revalida a Urrutia en la presidencia pero debilita su imagen. La jugada de adelantar la fecha electoral, un primer golpe bien orquestado, conllevaba eludir un cara a cara en condiciones allá por junio, algo que cabe interpretarse como síntoma de debilidad. Aferrado a toda costa a su sillón, temeroso de cotejar en las urnas la evidente pérdida de respaldo social, Urrutia no sale precisamente reforzado. Todo dependerá de si la pelotita entra o no, pero los próximos cuatro años pueden ser muy largos para una junta irónicamente víctima del legado de Bielsa. El rosarino desterró la autocomplacencia y mutó la sensibilidad de la hinchada. Ahora el público exige y necesita más para ilusionarse.

Con todo, nos ahorraremos el bombardeo mediático, la guerra entre El Correo y Deia, el runrún de entrenadores, posibles fichajes, nombres de ex-jugadores en planchas, las promesas, mentiras y demás palabras huecas de un espectáculo circense. Estamos cansados de tanta inanidad, de supuesto debate que no va a ninguna parte.

Pero, ¿qué se puede hacer? La provincia y el club están blindados por el PNV, la asamblea de compromisarios es infructuosa y la necesidad de avales para presentarse a las elecciones ejerce de cortafuego para presentar una candidatura plural, popular y alternativa, sin injerencias ni monitorización partidista. Lamentablemente, esto último apenas es un vago deseo a día de hoy, máxime ante la perspectiva de aquello que pueda denominarse “izquierda” alrededor del Athletic. El colmo llega cuando alguna cara visible de la izquierda autóctona muestra apoyo público a Urrutia. Un cheque en blanco, intuimos, porque ante los desmanes de esta junta no se oyen voces discrepantes en público, y quien calla, otorga. Por no oír, apenas se escucharon críticas unitarias desde la propia masa social a raíz de las condiciones de esclavitud en la construcción del nuevo estadio. Parece que nos la pela, sólo nos preocupa mojarnos. Luego nos haremos pajas con el St. Pauli.

El fútbol de élite conlleva gestionar muchas contradicciones; ¿hasta qué punto se puede generar una alternativa y a la vez pedir fichar a Illarramendi por 25 millones? Asimismo, la escalada global en los precios para asistir al fútbol ha convertido el deporte de la clase obrera en, prácticamente, un lujo burgués. Parecemos fuera de lugar, resistentes a dejarnos arrebatar una seña de identidad cada vez más desdibujada. Con los currelas y parados fuera del estadio, las cenizas de los viejos y combativos fondos de pie reducidas a la marginalidad en aras del negocio y los palcos VIP, la izquierda en San Mamés, si es que cabe hablar en estos términos, está en la inopia; y en el mejor de los casos es minoritaria y está atomizada, carece de referencialidad, su desarrollo sería una travesía en el desierto. Aún así, mantenemos la fe, seguimos creyendo que otro Athletic es posible y necesario. Y si no,  o quizás paralelamente, siempre nos quedará el ejemplo del accionariado popular. Fútbol en estado puro, sin aditivos, libre de business. Un entorno saludable, vaya.

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