Todos queremos ser Tittyshev.

Sucedió hace más de 20 años, durante el verano de 1994, tras aquel mundial en que muchos, a falta de selección, encontraron ídolo en Tassotti y el desordenado combinado búlgaro se erigió en la sorpresa de un campeonato que Brasil ganó a penaltis. Ocurrió, decíamos, en Inglaterra, durante un insulso partido de pretemporada entre el West Ham y un equipo inferior. ¿Y qué es lo que pasó? Que un desconocido incondicional hammer, de los de entonar cántico en el pub de siempre y desplazarse con el equipo, hizo realidad el sueño de cualquier hincha: jugar con su equipo. He aquí la historia:

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