Le Tissier, cuando Dios engordó y se echó a descansar

Se largaron Llorente, Martínez y compañía en busca de títulos y pasta gansa. Quedó una afición cada vez más resignada a que las estrellas vuelen, como presumiblemente ocurra a corto-medio plazo con Laporte. El Athletic da mucho, sí, pero siempre hay quien da más. Ante eso poco se puede hacer más allá de intentar fidelizar a los canteranos. Es lo que tiene acatar las leyes del mercado, que unas veces te facilitan fichar fácilmente a chavales de esa Gran Vasconia que va de Agen hasta Logroño y otras te toca apechugar cuando el monstruo trata de engullirte.

En una medida con cierto aroma de aviso a navegantes, la junta se saca de la chistera el galardón “One-Club Player”, homenaje a aquellos jugadores cuya trayectoria se desarrolló en un único equipo, y de paso palia sus déficits en ámbitos donde el club ni puede ni debe querer competir.

El honor de la primera vez ha recaído en Le Tissier, a quien Urrutia ya había citado en alguna que otra ocasión. El programa del derbi recogía las impresiones del exjugador del Southampton.

“¿Por qué decide ser un “Saint” toda su carrera?

La principal razón era mi felicidad y mi satisfacción personal, algo que siempre he puesto por delante de otras cosas. Eso y un sentimiento de lealtad que debía devolver al Southampton por darme la ocasión de poder conseguir mis sueños”.  

Si lo primordial es la felicidad individual del jugador, no habría nada que objetar, más allá de las formas, a las salidas de nuestros jugadores, pues así son felices; y tampoco habría que tratarlos como traidores a la causa mientras el presidente da ruedas de prensa en las que jura y perjura que sólo quiere jugadores cuya máxima aspiración sea jugar en Bilbo. Muy bonito, pero no es de recibo saltarse ese principio cuando interesa, perdiendo el culo por Illarramendi o fichando a Peru Nolaskoain, un juvenil que previamente había insultado públicamente al Athletic. Sentimientos y profesionalidad no van siempre de la mano, por lo que Urrutia no puede jugar a adalid de la filosofía y no se sabe qué esencias si luego con sus acciones hace lo contrario de lo que predica. ¿A qué jugamos?

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Le Tissier, además, asumía que el apodo de The God (Dios) bien podría haber sido The Fat (el gordo). El amigo ha confesado que bebía birras antes de los partidos y que se ponía chato a hamburguesas y chili. La dieta le pasó factura: muchos goles ni los celebraba porque, literalmente, no podía correr más. A Le Tissier le salvó una técnica envidiable, pero ¿hasta qué punto no fue un comodón que, más allá de rimbombantes declaraciones, se quedó en casa porque le faltaba ambición? Ojo, ambición bien entendida: ambición personal. Es decir, mejorar en su oficio, progresar, autosuperarse. Le Tissier pudo haber sido mejor jugador de lo que fue, pero no quiso. En Southampton, un equipo históricamente ramplón, vulgar y mediocre, les salía a cuenta asumirlo e incluso idolatrarlo, pero la autocomplacencia es el tipo de pecado que fuera de casa no suelen perdonar.

Esta peculiar ética de trabajo y su vagancia para el desarrollo profesional, exprimiendo el mínimo esfuerzo para obtener la máxima ganancia, no gusta a una parroquia botxera que rápidamente acusa a muchos jugadores de haberse acomodado, de falta de competencia y autoexigencia. El perfil de un Le Tissier o un Mágico González encandila en la lejanía, no en San Mamés. Que le pregunten si no a Yeste.

Permanecer toda la vida en un club y ser un buen jugador como Le Tissier, por tanto, no son razón suficiente para galardonar a nadie. Todavía premiaremos a Toquero por haber atornillado su culo al banquillo, obviando que ha rechazado ofertas, prefiriendo el insano dineral que se levanta en Bilbo por entrenar.

Demasiada indulgencia, escasa exigencia. San Mamés y el fútbol respiran negocio por todos lados como para que traten de vendernos identidad de un modo tan populista. Dejémonos de propaganda. Que el club trace líneas de actuación con las que luego sea coherente. Entraña riesgos, por supuesto, pero evita desengaños que otros, con su hueca palabrería, convenientemente aprovechan en su beneficio.

Resumiendo, una iniciativa en principio loable se ve empañada por la incoherencia de sus impulsores. Basta ponerse en el lugar de aquellos cachorros que, mejores o peores sobre el césped, sienten de verdad los colores y ven cómo el club denosta la fidelidad cuando Illarra u otros se ponen a tiro. He ahí la prioridad de los valores.

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