Campeón singular de un trofeo artificial.

La rutina nos empujó a San Mamés el pasado viernes. Sin atisbo racional de victoria en la mente, el impulso prácticamente obedecía a un resorte biológico, labrado por la fuerza de la costumbre. La de bocadillo, blasón rojiblanco y tertulia pre (y post) partido entre amigos, familiares, colegas. Un partido más, otro de tantos.

Pero no lo fue. El espectacular y vibrante 4-0 nos reconcilió con el espíritu del club y, en cierta manera , con el fútbol, ese al que errónea y literariamente le achacábamos que nos debía algo tras tanta derrota. Si el balompié debe algo en Bilbao, imagínense qué debe en Castellón o, ya puestos, en cualquier equipo lejos de la metrópoli en algún país subdesarrollado. En todo caso, será el negocio el que debe mucho al fútbol, del cual se ha apropiado y pervertido; de ahí muchas de las dificultades añadidas a las que se enfrentan el Athletic y su filosofía; de ahí parte del plus del Athletic frente a otros equipos de su entorno más cercano.

Siendo el Barça campeón de Liga y Copa, esta Supercopa carecía de razón de ser más allá del cambio de reglas de 1996, habilitado a mayor gloria de sponsors, televisiones y taquillas. Un trofeo menor, sólo ponderable si junto a otros suman sextete. Así encaró el partido Luis Enrique, rotando en exceso por la saturación de partidos; lo cual tampoco es mucho decir cuando las piernas de Suarez superan el valor de mercado del once rojiblanco. Para cuando el mister culé advirtió que el fútbol, más allá del dinero, también es orgullo, herido en este caso, ya era demasiado tarde. El viejo león se había cobrado las últimas y dolorosas afrentas en un ejercicio de catarsis colectiva y de autoafirmación, corroborado tres días después en el Nou Camp mediante un empate fruto de la misma receta de la ida: intensidad, presión adelantada, garra, coraje y el planteamiento de un mister que hace escasos meses supo reanimar y reflotar un equipo a la deriva.

Porque hace mucho tiempo comprendimos que el fútbol no iba, sensu stricto,  de ganar, para refugiarnos en un orgullo compartido que, mal que bien, mantenía prietas las filas a pesar de los vaivenes, deserciones y embates en nuestra contra, incluso por parte de aquellos que dirigen el club. Y pese a todo, cuánto ayudan las victorias, por mínimas que sean extramuros, a mitigar nuestros males y encarar nuevas batallas. Refuerzan esa moral que nos impulsa cada quince días a San Mamés y sus aledaños. Y reforzarán él ánimo de un vestuario y cuerpo técnico del que, en medio de las más inmediatas celebraciones, habiéndose acordado de la afición y de aquellos jugadores que no levantaron título alguno en 31 años, nos gustaría escuchar unas palabras para Iñigo Cabacas, cuyo recuerdo quisieron borrar unos impresentables en el partido de ida.

Garaipenerarte, Jo Ta Ke.

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