22 tarjetas rojas, 24 pintas por noche, 400 mujeres

He ahí algunas cifras de Roy McDonough, un exfutbolista inglés que debe su escasa fama al sexo, la priva y unos modales futbolísticos más propios de aquella “Crazy Gang” que era el Wimbledon. Pero olviden a Vinnie Jones o George Best. Con ustedes, Roy McDonough, también conocido como Red Card Roy o Donut.

Nacido en 1958, este temible delantero centro, prototipo de tanque, comenzó su carrera en la cantera del Aston Villa, donde a la tierna edad de 16 trató de estrangular al árbitro de la final de un torneo disputado en Birmingham, ciudad precisamente donde continuaría jugando al fútbol (poco) antes de fichar por el Walsall. Sus escasos registros goleadores y la mala situación clasificatoria le convirtieron en un blanco fácil y tras soportar los insultos de un hincha, “un puto bocazas” en opinión de Roy, nuestro protagonista tuvo que ser frenado de saltar a la grada a lo Cantona.

El Walsall descendió y ascendió rápidamente mientras McDonough empezaba a labrarse fama de mujeriego y bebedor. Tras contagiarse de gonorrea en un viaje de fin de temporada a Magaluf, desechó la oferta de renovación a la baja que le propuso el club. “Metérosla por el culo” fue su diplomática respuesta.

La siguiente estación se llamaba Chelsea. “Un circo”, según Roy, “y Geoff Hurst un payaso. El peor entrenador para el que he jugado nunca”. Debutó en un amistoso de pretemporada ante el Dordrecht. Hurst le puso de mediocentro para secar a la estrella holandesa Rensenbrink, quien “apenas sudaba”. En aquel equipo también andaba Johan Cruyff. “Jugaba detrás (de Resenbrink)con lo que ocasionalmente tuve que enfrentarme a él. Estuve contento de poder hacerle un par de entradas. Fallé las otras 39″. El Chelsea venció 4-2 pero Hurst, que jamás le había visto jugar antes, abroncó a Roy, “malos 10 minutos” le reprochó, condenándole al ostracismo durante 18 meses. No jugó un solo partido oficial.

Mujeres y bebida coparon, pues, sus intereses. De ahí que fichara por el Colchester, siguiendo el criterio de elegir el equipo más cercano que mostrara interés por él, sin saber en qué división jugaban. Third Division, Roy, el equivalente a Segunda B. Barra libre para el desfase. Cierta noche coincidió con jugadores del entonces pujante Ipswich y acabó con Terry Butcher jugando al “Pirata”, es decir, saltando alrededor del bar a la pata coja, desnudo y con una mano sobre el ojo. “Terry era un buen tipo, pero no podía seguirnos el ritmo. Éramos unos putos monstruos” ha revelado un Roy, cuya  “especialidad era bajarse una pinta en 7 segundos mientras mantenía una sobre su cabeza. Le vi hacerlo una vez en un tren en marcha” asegura Perry Groves, excompañero que más tarde jugó en el Arsenal.

Su primer periplo en Colchester terminó cuando le arreó un puñetazo en la cara al segundo entrenador en el transcurso de un partidillo de entrenamiento. Tras rechazar al Millwall, “un gran error, pues sus hinchas me hubiesen querido”, añadió un par de clubs más a su currículum antes de recalar en el Cambridge, donde coincidió con Moyes, actual entrenador de la Real y un tanto mojigato como futbolista, a juzgar por nuestro antihéroe: “¿Cómo podía un gigante pelirrojo Jock (escocés) del Celtic de Glasgow jugar con cero agresividad, poniendo en su lugar todas sus energías en pontificar sobre Jesús?”. De Cambridge Roy salió por la puerta grande: su último partido lo jugó tan cuba que veía doble el balón.

Con 27 años McDonough encontró acomodo en Southend por 5 años. De esta época datan episodios tales como efectuar patadas voladoras sobre el pecho de un rival, con la consiguiente expulsión, u ofrecer ayuda a los hooligans locales cuando éstos se peleaban con hinchas del Crystal Palace en un amistoso de pretemporada. En este mismo partido, además, trató de recolocar los nudillos dislocados de un compañero después de que un rival le pisara la mano. Consiguió romperle los tendones a su compañero, “un puto blandengue”, que requirió después cinco horas de operación.

De Southend salió, quién lo diría, casado y con rumbo de nuevo a Colchester, donde apuró sus últimos años como jugador-entrenador. Su estilo era, ciertamente, poco ortodoxo: llegó a cancelar un entrenamiento para jugar al cricket y alguna que otra vez ponía porno en el autobús del equipo. Y de su boca salía pura poesía; cuando los hooligans del Colchester atacaron a hinchas rivales su análisis fue el siguiente: “Se necesitan dos para pelearse: uno para dar un puñetazo y el otro para quedarse ahí y ser zurrado”.

Una vez dejó los banquillos, el escándalo siguió persiguiendo a Roy. The Sun, siempre al filo de la noticia, se hizo eco de la aventura extramatrimonial de un Roy que, casado con la hija del presidente del Colchester, no tuvo mejor idea que liarse con la mujer del encargado del estadio, gran amiga, encima, de su mujer. La jugada, dice Roy, “le salvó la vida” y su amante se convirtió en la que aún hoy sigue siendo su mujer. Y por el camino, aseguran, 400 mujeres. No tantas si le comparamos con las mil conquistas de Lemmy Motörhead.

Haciendo balance, Roy cree que la mayoría de las tarjetas rojas eran merecidas“La violencia no era premeditada, era auto-protección”, asegura. “Me han golpeado en la cabeza, pateado en el aire y escupido, pero nunca fue un problema si los defensas iban de cara. Eran los tramposos, los cínicos, quienes no me gustaban”. Pero quien da, recibe. Así recuerda Roy un lance particularmente memorable: “El cabrón me hizo daño de verdad, me marcó los tacos en las costillas y el muslo izquierdo. Pero estaba un paso adelantado y pude ver cómo Robbo (otro jugador) llevaba el balón, lo que significaba que el juego continuaba y el árbitro andaba distraído. Así que golpeé directamente la cabeza del rival con la base de mi bota… Pero no me salí con la mía. Un linier de visión biónica de 90 yardas empezó a agitar su banderita y me gané cuatro partidos de castigo”.

Evidentemente, el fútbol ha cambiado tanto que McDonough no tendría sitio en él.  “¿Cómo afrontaría un partido de hoy en día? Ni siquiera pasaría del calentamiento”. Seguro que ver fingir a Herrera en el United le produce sarpullidos y no sabemos qué pensaría de saber que Amorebieta supera parte de sus registros. De las 22 tarjetas rojas que le sacaron a McDonough 13 fueron en profesionales. Fernando se llevó 11 rojas en el Athletic, 2 con Venezuela y alguna más en el Fulham y todavía sigue en activo.

“¿Dónde están los guerreros?”, se pregunta Roy, “esos que arriesgan sus cuerpos para ganar la bola. Hoy en día ni siquiera puedes tener sangre en tu cara, no sé de qué va todo esto. Nadie hace lo que nosotros: arriesgar 12 puntos para ganar un partido”. Y sigue: “los jugadores modernos no saben lo mimados que están. Creen que el juego es más rápido que hace 30 años pero nosotros bebíamos, peleábamos y jugábamos cada tres días; no andábamos en la peluquería, tomando un masaje o engañando al público rodando por el césped”. Dí que sí, Roy, joder. Y si no os ha quedado claro: “En mi época la cosa iba de ver quién bebía más; hoy va de quién tiene la mejor manicura, corte de pelo o coche”.

roy celebra

Porque ya no queda peña como la de antes. ¿John Terry?, pensará alguno. Error: “Me encantaría pasar cinco minutos en el campo con él. Cualquiera que salta al campo con las medias por encima de las rodillas lo está pidiendo a gritos”. “Terry habría desaparecido en el agujero más cercano si hubiera jugado contra Billy Bremmer, Dave Mackay, Norman Hunter, Tommy Smith o Stuart Pearce en su apogeo”.

Y estos no eran los únicos tipos duros“¿Vinnie Jones? Era un matón. Desearía haber jugado contra él todas las semanas”. Pero aún hubo muchos más: Mark Dennis (12 tarjetas rojas), Pat Van Den Hauwe (“un broncas”), Kenny Burns (“la ley en sí mismo”), Mick McCarthy (“un chulo de mierda”), Terry ‘Animal’ Hurlock (“el primero si estallaba una pelea”), John Fashanu  (“estúpido largirucho”), Steve Walsh (“duro pero justo”), Sam Allardyce (“la mayor cabeza que nunca he visto”), Tony Pulis (“un jodido pequeño mequetrefe”) y Roy Keane (“el último hombre duro”).

Definitivamente, otros tiempos.

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