Explotando la belleza escondida

Messi ha ganado un balón de oro más, que recogió en una gala con mucha pompa y boato, trajes elegantes e ilustres apellidos. Todo este rollito de trofeos, máxime cuando son individuales en un deporte colectivo como el fútbol, no va nada con un blog que, aburrido de la eterna disputa Messi versus Ronaldo, prefiere reconocimientos de cuño más popular, como la honorífica bota de oro que recibió Iraola en su despedida de Bilbo. El bueno de Andoni no podrá fundir el trofeo si le van mal dadas pero esa es otra historia.

El caso es que en la gala de marras también se premiaba el mejor gol del 2015. Entre los aspirantes estaba Messi merced al gol que nos endosó en la final de Copa, pero no ganó. Resultó vencedor, y he aquí la sorpresa, un desconocido jugador brasileño que deambula por el infrafútbol de su país. Con ustedes, Wendell Lira y su gol:

Más allá de gustos, la elección nos hace recordar que la belleza del fútbol reside en una plasticidad para nada exclusividad de las ligas top europeas. De hecho, es más probable que un partido entre Caparrós y cualquier otro amigo del catenaccio nos lleve al bostezo. Hay fútbol en el barro y es accesible: en el patio de un colegio, la cancha del barrio, el potrero que dicen en Argentina. Identificación, valores, esfuerzo y, por qué no decirlo, una suerte de belleza están ahí, más cerca de lo que pensamos.

La prensa, en cambio, reflexiona en otra dirección y nos habla de Lira y de su mujer volando a Europa como en un cuento de hadas, con ropa cara y nueva, el intento de mimetizarse con el ambiente. La prototípica historia tan del gusto hollywoodiense, la escalada sociolaboral del talento tapado. Nos habla incluso del “modesto” sueldo de Lira, unos 1.240 euros al cambio, obviando lo que muchos currelas, europeos o no, cobran en trabajos que probablemente requieren mayor esfuerzo. Ya ven: Primero nos roban el fútbol y luego hasta el discurso en torno a él.

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