Amores y rencores

Casualidad, en uno de los típicos corrillos y tertulias post-partido tan propios del bar, tranvía o metro, un chaval le comentaba a un colega que él pasaba de jugar en un equipo donde le estuvieran machacando con la idea de ascender y que prefería hacer deporte y jugar con sus amigos. Su situación, tan pura y amateur, en las antípodas del fútbol actual podía, en cambio, tener su correlato en lo acontecido en San Mamés.

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Tocaba despedir a Gurpe y en la fiesta se coló Llorente, cuyas mentiras, mamoneos y falta de actitud San Mamés tardará en olvidar, si es que olvida. No sabemos si Emery no lo sacó por respeto a Gurpe o a fin de proteger la frágil autoestima de Fernandito. La tribuna, en cambio, volvió a cargar las tintas contra el tipo que celebra con mayor paroxismo aquellas victorias en las nunca es protagonista. Total, que la afición dio rienda suelta a sus instintos y combinó las dos únicas melodías que parece conocer con palabros como “selección”, “chupa banqueta” y similares. Tal y como se comporta antiviolencia lo mismo alguno se lleva receta por “acoso laboral” al ínclito hijo de Rincón del Soto. Habrá, no obstante, quien siga hablando de mayoría silenciosa y algún despistado añorando su vuelta.

Por lo menos, la afición no escatimó en cariño y aplausos a un tipo que, literalmente, se ha partido la cara defendiendo al equipo. Básicamente, jugadores como Gurpe representan lo que muchos entienden por fútbol o, al menos, se acercan a una idea, como decíamos, más pura y amateur, en la medida que cabe hablar en estos términos en una liga de cifras mareantes y patrocinios bancarios.

En lo deportivo, ambiente sosete de inicio, y eso que estaba en juego el quinto puesto. Gran temporada, campeones de Supercopa, otra vez en Europa el año que viene, y lo tomamos como si fuera lo normal. Ciertamente, el presupuesto nos sitúa a priori en las plazas nobles de la clasificación, pero detrás de este alto nivel de exigencia y en la asunción de esta normalidad, que a la larga y por desgracia probablemente resulte pasajera, intuimos cierto desapego emocional.

Hablamos de una afición que, en general, apenas anima. Y es que aquello de que “son los jugadores los que tienen que animarnos” ha calado en buena parte de la afición, se admita públicamente o no. El silencio habla por sí solo. Así que por momentos resultó paradójico, incongruente, que el “Gurpegi eskerrik asko” sonara y encima a una voz. Por una vez, el grueso de la tribuna decidió no enmudecer y, lo que es más significativo, no perder el culo por largarse al minuto 80.

Ya lo ven, cada vez más clientes y menos hinchas, si bien Gurpe y Llorente nos recuerdan que tras la pelota hay valores que defender.

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