Amargo agur a Josu I “el Gradicida”

Un día de 2011 cruzábamos la puerta de Ibaigane con la firme decisión de votar nulo en aquellas elecciones entre Macua y Urrutia, y salíamos con la misma sensación de timo, bochorno y vergüenza ajena ante el espectáculo que daban las candidaturas una vez más. La verticalidad, los avales, las azafatas repartiendo Flyers de Macua, todo en general destilaba un hedor propio de otros lares, como si estuvieran en liza Rita Barberá y Esperanza Aguirre y no Urrutia y Macua.

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Las falsas promesas y cierto aire abertzale confundieron a más de uno, y Urrutia se aseguró una paz social a medio plazo y un buen puñado de votos en un momento clave, el fin de las obras del nuevo estadio y el posterior traslado de los socios.

8 años después y con un balance deportivo y económico donde, a pesar de los resultados de estas dos últimas campañas, puede sacar algo de músculo, para los socios de la grada y gran parte de la masa social de clase obrera del Athletic Club, Jose Urrutia dejará un poso muy amargo. A decir verdad, tan amargo que tapa su gestión en otros ámbitos. Y es que sus dos grandes debes han sido la gestión de algo tan sensible como el Caso Cabacas, y la guerra sin cuartel a la grada popular a la par que apuntalaba la irrupción del modelo VIP en San Mamés. Nunca nadie hizo tanto contra la grada, y tenemos en cuenta aquí figurones como Macua Vocentoman, su supuesto archienemigo. Quién nos lo iba a decir en 2011.

A Josu también le ha tocado comandar la nave a favor de la corriente del fútbol moderno, y lo ha hecho de buen grado, cómodo, por mucho que dé la sensación contraria. Las obras del estadio, los contratos millonarios, los diferentes patrocinadores, casas de apuestas mediante, las cada vez más draconianas medidas contra los hinchas… todo ha sido aplicado con sumo gusto y sin ponerlo en tela de juicio, como corresponde al presidente de una afición que si en algo destaca es en su conservadurismo. El presidente ha sido, pues, fiel reflejo de la masa social a la que representa. Sin tener en cuenta, eso sí, la ingente cantidad de hinchas que quedan fuera del estadio por las políticas de precios y que bien podrían constituir una resistencia sociopolítica a las élites que dominan Ibaigane. Quizá así se entienda de una vez la guerra contra la grada. Poco tiene que ver el hooliganismo; es la excusa, el casus belli superficial de algo que es, con matices, una extensión futbolística de conflictos más hondos.

Urrutia ha sido el menos malo, simplemente, por no negociar las claúsulas y, siendo generosos, reducir, que no erradicar, algunos mamoneos, pues cabe recordar cómo ha enchufado a más de un colega suyo en el club. El listón presidencial estaba antes a un nivel tan bajo que el populacho ha acabado aceptando a un tipo mediocre y peor orador; un títere amable con el poder y despótico con el de abajo. Sin embargo, no es de extrañar que las pirañas que habitualmente merodean Ibaigane teman dar el salto a la arena electoral, pues ellos mismos son conscientes de que son, lisa y llanamente, peores gestores. Eso, y que presumiblemente el PNV ha tocado la corneta y puesto orden. Porque, ironías de la vida, todos sabemos que no hay que mezclar política con deporte.

Por último, y visto lo visto durante este doble mandato, no se entiende cierto colaboracionismo desde algunos sectores de izquierda, que en la coyuntura actual parecen querer tropezar con la misma piedra. Si no se entendería en Sankt Pauli, del que tanto se farda, ¿por qué se ha de entender aquí?

Urrutia pasará a nuestra historia como lo que pudo ser y nunca fue. Será el Gradicida, el amigo de los VIP, y uno más que se he plegado servilmente a los designios de Sabin Etxea, otra marioneta del poder. Nuestro recuerdo más dulce será su enemistad con el Correo, quizá simplemente porque el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Agur pues, y por favor, con orden de alejamiento, que no queremos ni verte a menos de 100 metros de la grada.

LOS HINCHAS PRIMERO
LEHENIK ZALETUOK

 

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NO ES JUSTICIA, ES IGNOMINIA

Lamentablemente, y tal y como se temía, el juicio por la muerte de Cabacas (no vayamos a decir asesinato, homicidio o cualquier otro término que nos pueda traer problemas con la justicia) ha acabado siendo una mezcla de paripé, esperpento y bochorno público.

Para empezar, si hubiera sido por la Fiscalía, ni siquiera hubiéramos tenido juicio. No veían delito; claro que el muerto no era su hijo, eso quizás hubiera alterado la perspectiva. Pero como el marronazo no podía esconderse por más tiempo, la siguiente jugada fue descafeinar el caso y juzgar a peones. Responsables, sí, pero peones al fin y  al cabo, que siempre ha habido clases y Roma no paga traidores. Ugarteko, quien dio la fatídica orden de cargar, y Ares, quien aseveró iba a “llegar hasta el final” y “las últimas consecuencias”, se libraron del banquillo de los acusados. Lo ético y coherente hubiera sido autoinculparse (el lector nos perdonará si nuestra candidez bielsista le ha producido risa floja), pero corren malos tiempos para la ética si tu carrera profesional va asociada a un partido históricamente salpicado por corrupción y cloacas o un cuerpo con tropecientos casos de tortura en su haber. Suelo ético, ese lodazal.

Así que más de uno se borró de escena, no sin que antes Ares, emulando a Acebes, nos tomara el pelo con una porra extensible encontrada en Poza y que Ugarteko denunciara a Gara y a la abogada de la familia Cabacas por supuestos “daños a su honor e intimidad”. Hasta al juez le debió parecer excesiva la demanda por parte de un policía que ni siquiera estaba imputado en el caso, pese a ordenar “entren con todo al callejón”, un mandato que, nos quieren hacer creer, bien podía significar que calmaran la zona usando silbatos.

La calle, al menos en Euskal Herria, sabe a qué y contra qué disparaban aquella noche. “Sé que hemos sido vigilados por la Ertzaintza. Los amigos de Iñigo también. Nos han investigado uno por uno para ver quiénes somos”, denunciaba recientemente Manu Cabacas en el diario Público. El establishment se quedó sin su tan manida excusa ideológica, Iñigo Cabacas estaba limpio de antecedentes y no podían embarrar más el terreno con el historial del finado, como si una hipotética militancia justificara que la policía tuviera mayor legitimidad para matarte. Aún así, como tienen el rostro de hormigón armado, más de uno tendría que aguantar la acusación de estar politizando el caso, como si justicia y policía no tuvieran responsables políticos directos y los actos un contexto sociopolítico concreto. Amigos, hay cosas que no ocurren a la puerta del Batzoki o de la Casa del Pueblo.

Y vendrían más mentiras, como las de Beltrán de Heredia prometiendo y no cumpliendo (¿hasta dónde llegan los pactos PNV-PSE?), y desplantes institucionales. Gogora, el instituto dirigido por Ezenarro, cerró el cómputo de víctimas en 2010. Tal decisión apenas le dejaría dignidad para poder mirar a la cara a los padres de Pitu. Su compinche Jonan Fernández, en cambio, tuvo la desfachatez de, ante Manu y Fina, sacar a colación ertzainas muertos, alegando que tampoco sus familiares sabían quién los había matado. Como si una cosa justificara la otra. Más barro al suelo ético.

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El juicio ha valido al menos para seguir desmontando algunas caretas, por si a alguien le quedaban dudas. Por ejemplo: algunos sindicatos de la Ertzaintza ponían en duda, ¡en 2018!, que la muerte se debiera a un pelotazo. Competían en catadura moral con el PNV de Indautxu, que publicó dos tuits tan deleznables y corporativistas que tuvo que borrar rápidamente, y los ertzainas que limpiaron escopetas borrando así pruebas. Mientras, los ertzainas que pasaron ante el juez hablaron de adoquines y jardineras volando a su llegada al callejón. Que al día siguiente no hubiera desperfectos y las jardineras no pudieran arrancarse no podía en modo alguno estropear tamaño “testimonio”. Es la diferencia entre estar acusado y ser testigo. Los primeros pueden contar la mayor trola del mundo, los testigos no. Éstos se reafirmaron en que la actuación policial fue una salvajada mayúscula. Incluso un ertzaina insinuó que aquello era un error o, en su defecto, tenía por objetivo provocar una “sarracina“. Curiosamente, los amigos de El Correo, ese diario tan propenso a buscar el morbo y el amarillismo en cualquier caso, obviaron la “minucia” en una gran muestra de ética periodística. Y, no tan curiosamente, el único ertzaina que ha sido irrisoriamente condenado (está jubilado y no cumplirá los 2 años de prisión por carecer de antecedentes) fue el único que se salió del guión oficial, no en vano hubo reuniones entre los abogados de la defensa y los de Lakua (¡!). ¿Cierre de filas? No: más suelo ético.

¿Huele a conchabeo policial-político-judicial? Pero no puede ser: vivimos en Democracia, en un Estado de Derecho, con separación de poderes e independencia judicial. Además, el juicio ha probado el “corporativismo” (sic) que los ertzainas demostraron en el juicio, sus mentiras, cómo borraron pruebas, lo injustificado de las cargas y la soberbia que destilan unos audios que hielan la sangre. Mas, ¡oh, sorpresa!, la conclusión que extrae la justicia se resume en una pena sin efectos prácticos. Voladura controlada, chivo expiatorio.

En todo caso, estaría bien que mostraran el caso de Cabacas en Arkaute, o en la propaganda que invita a la juventud a ingresar en la Ertzaintza. Para que vean que un superior puede ordenarte machacar a la ciudadanía y después inhibirse para salvar su culo. Tampoco estaría de más recordarlo en los colegios, tan preocupado que está el Gobierno Vasco con deslegitimar la violencia. ¿Tan difícil es decir que matar estuvo mal, obrar en consecuencia y asumir responsabilidades, señor Urkullu, en vez de poner abogados públicos defendiendo a los ertzainas imputados? Porque, como ya rula por whatsapp, una cosa está clara: la Ertzaintza mató a Cabacas y quien lo mató está en la calle. Puede ser cualquier uniformado.

Elecciones: el tapado es el jeque

Continúa el tradicional baile de nombres y aspirantes al sillón presidencial de Ibaigane, si bien de manera algo tibia y levemente mediática. Las elecciones están a la vuelta de la esquina pero aún no hay planchas claramente definidas; tan sólo esbozos con cierto sesgo ideológico, como viene siendo habitual desde las elecciones de finales de los 70 (PNV, controlando el palco desde 1977). Vivimos, pues, una fase que cabe definir como una guerra de posición, por usar un manido símil bélico.

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¿Por qué tanto secretismo? La buena gestión deportivo-empresarial de la actual junta directiva, sólo empañada por minucias como la exigua grada de animación, les hace partir en clara ventaja. Aunque es seguro que Urrutia no optará a la reelección, una línea continuista, aún a falta de una cabeza visible, tiene mucho terreno ganado. Asumen que una hipotética plancha rival, avalada por el grupo Vocento, tiene poco que hacer. Además, ambas corrientes comparten visión tecnócrata, apoyos empresariales y políticos, por lo que la promesa de hipotéticos fichajes o retornos de jugadores que salieron por la puerta de atrás, como Herrera o Llorente, no desequilibrarían la balanza.

Las reticencias a dar un paso al frente vienen marcadas por un tercer actor. Fuentes de toda solvencia consultadas por este medio aseguran que un jeque saudí, del que sólo se sabe el nombre, Waleed, tiene la firme disposición de presentarse a las elecciones del Athletic.

La relación entre Waleed y Bilbao se remonta ya unos años, cuando un pequeño y selecto grupo de empresarios vizcaínos aterrizaron en Dubai. Los negocios llegaron a vincular a dicho grupo con el círculo íntimo del jeque, al punto de llegar a trabajar juntos asiduamente. Fruto de la mutua colaboración, el jeque visitaría Bilbao, siempre de incógnito, en más de una ocasión, llegando a acudir a San Mamés. El flamante estadio dejó “obnubilado” al jeque, que en cuanto supo de la particular filosofía zurigorri quedó prendado de ella. Tanto que ordenó a sus colaboradores recabar exhaustiva información sobre el club, Lezama y la Liga Santander.

La coyuntura electoral le ha servido, finalmente, una oportunidad en bandeja. Si bien no es aún socio del club (está en trámites), su idea es usar a un círculo de confianza local para presentarse a las elecciones y dirigir el club desde la sombra, sin gran notoriedad pero con marcado perfil ganador. Se valdría, por tanto, del mismo testaferro que recientemente ha alquilado un palco VIP en su nombre.

Mientras tanto, el PNV, la fuerza política cuyo apoyo tradicionalmente ha inclinado la pugna electoral, se encuentra dividido ante la inminente aparición pública del jeque. Un sector, que cabría calificar de romántico, se muestra reacio a que un grupo extranjero dirija un club de tan marcado poso identitario y sentimental. Otro sector, en cambio, es más pragmático. Posibilitar la llegada de capital extranjero abriría un próspero y nuevo campo de negocios con Arabia Saudí y Emiratos Árabes, un terreno muy goloso para las empresas vascas, que contarían con el aval personal del jeque, buen conocedor del buen hacer de nuestras empresas.

Una opción intermedia podría resultar en una entrada progresiva del jeque y su equipo, en aras de una transición no traumática. Nada que ver con la llegada de Ronaldo a Valladolid o el bochornoso paso de Piterman por el Alavés.

El jeque, quien se ha familiarizado con la historia y filosofía zurigorri en tiempo récord según sus allegados, es además un firme defensor de la filosofía y Lezama. Se opone tajantemente a abrir escuelas en La Rioja o Cantabria, pues cree que eso desnaturaliza la idiosincrasia del club, y aboga por tener a los mejores profesionales en Lezama. Al venir de fuera no ha de casarse con nadie, ni tiene necesidad de enchufar a exjugadores ni a su camarilla personal.

En el plano deportivo, una pequeña inyección de su capital personal sería suficiente, en su opinión, para evitar la fuga de jugadores y posibilitar que los mejores jugadores vascos puedan llegar a Bilbao. Su objetivo es armar un proyecto ganador para conquistar la Champions a medio plazo, en torno a 5-6 años.  Este escenario, por otra parte, debilitaría a la Real Sociedad, que vería cómo más de un jugador cruza la A8. No es descartable, por tanto, que Aperribay quisiera maniobrar en la sombra, tirando de contactos derivados del negocio armamentístico.

Asimismo, otro de los retos de Waleed sería explotar internacionalmente la marca Athletic, un claro déficit de la actual y precedentes juntas directivas. La misma proyección, fama, status y reconocimiento que busca para sí el jeque, los quiere también para el Athletic, su Athletic.

El reclamo internacional abriría nuevas fuentes de ingresos al Athletic, pues no es comparable el escaso rédito en caja que proporcionan sponsors como Petronor o Kutxabank frente a los fondos saudíes. Los cambios, pues, serían meramente secundarios. Tales como prohibir el consumo de alcohol en los palcos VIP, algo que le ha desagradado sobremanera. En cualquier caso, Waleed negociaría con el PNV, Urkullu a la cabeza, para encontrar una salida al problema. Otro de los cambios cosméticos, si su hipotética llegada se consuma finalmente, sería abolir la tradicional ofrenda floral a la virgen de Begoña, si bien no la permutaría por rito musulmán alguno. El jeque es un hombre de educación y práctica muslim, pero de mentalidad abierta y algo occidental debido a su paso por prestigiosas universidades británicas. Es plenamente consciente de la realidad del país, y si bien no aprueba costumbres como el txikiteo, sus allegados confirman que los pintxos lo tienen extasiado.

La relación con el país no acaba ahí, pues Waleed es un descendiente lejano de los Banu Qasi, el clan muladí que gobernó Tutera hace más de diez siglos.

En síntesis, el fútbol cambia a pasos agigantados dejando escaso margen a consideraciones románticas o éticas, como los vínculos saudíes con el ISIS y la situación de las mujeres en el mundo musulmán. Es la vieja política de siempre: los negocios. Y quién sabe si en medio de este maremágnum veremos en breve la inauguración de una nueva peña rojiblanca, la Dubai Al-thletic.

Guerra contra la grada: control total

Es lo que quieren. Todos los pasos desde el 2013 a día de hoy han ido única y exclusivamente en esa dirección, el control total de la grada y la expulsión por decretazo de cualquiera que se atreva a levantar la voz. El ambiente que se respira en el sector 110 y en los alrededores de San Mamés y los rumores que vienen de la asamblea de compromisarios así lo confirman.

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No es algo nuevo. Una directiva tras otra ha tenido encontronazos con los sectores más movidos de la grada. Las aguas siempre habían vuelto a su cauce de alguna manera, con un equilibrio mayor o menor, aunque siempre con la sensación de que la grada salía perdiendo. Pero todo cambió en 2012, fecha en la que decidieron cargar en un callejón plagado de gente y mataron a Iñigo Cabacas.

Una grada volcada con la demanda de justicia para Iñigo es algo que nunca perdonarán los corporativistas que dirigen la Ertzaintza. El cambio de gobierno en Lakua no ha traído ninguna novedad al respecto, empeorando la situación más si cabe. Desde entonces hemos visto amenazas, sanciones e incluso burlas (incluidos amigos de Iñigo) a cualquiera que portara material reivindicativo, amagos de carga en el interior de San Mamés, controles de alcoholemia en los accesos de la puerta 13, infiltrados en la grada que actúan como policía del cántico y un sinfín de prohibiciones y límites para la animación.

Más allá de todo lo anterior, que nos afecta a todos los miembros de la ICHH por igual, los últimos meses se han centrado en sancionar y criminalizar a la peña más numerosa, Herri Norte Taldea, centrando en ella gran parte de las acciones represivas. ¿Por qué? Evidente. Es más fácil centrar y justificar cualquier acción contra un grupo que despierta antipatías por motivos políticos y por su posible relación con algunos incidentes. Y decimos posible porque en algunos de ellos, principalmente el que se ha convertido en casus belli para la Consejería de Interior (Spartak), está certificado y demostrado con material gráfico la no participación de HNT. Pero eso les da igual.

No toleran lo que no controlan, lo temen y lo odian a partes iguales. Quienes no pasan por el aro y son incómodos para sus intereses políticos. ¿Quién politiza aquí, entonces? Les incomodan las reivindicaciones en San Mamés, por eso aplauden cualquier razzia, se base ésta en pruebas o no. La única política aceptable es la que el establishment, léase PNV, aprueba. Como el pensamiento único que quieren imponer desde Lakua, vía decretazo enmascarado en código ético (El Confidencial). No quieren voces discordantes. Quieren su grada. De ahí la insistencia de Ucha en llenar el 124 de gente que no quería animar. De ahí sus movimientos en la sombra para intentar dividir a la grada. De ahí la concesión de dar a la grada 200 localidades del 109 en nuestro momento más fuerte para acallarnos por un tiempo. Todo calculado, atado y bien atado.

Lo triste es que todo esto no surge de una reflexión global sobre la violencia en el fútbol y la voluntad real de hacerla de manera constructiva y horizontal, sin tapujos. Y no surge de ahí por una sencilla razón. Si se acepta hablar sobre la violencia, toca meter en la ecuación a uno de los factores que más la ha generado por participación u omisión de deber, la Ertzaintza. Y eso es algo que los lobbies que la manejan no van a aceptar. Son intocables, nuestros supuestos pretorianos. Hasta que llegan los fachas rusos, claro. Todo Bilbao sabe que prácticamente todos los dispositivos que han montado para frenar cualquier atisbo de violencia hooligan, han fracasado, algunos ridículamente y otros con las consecuencias más graves con casos de explotación laboral t resultado de fallecimiento.

También sabe Bilbao que la gran mayoría de violencia en el fútbol la desatan los grupos nazis. Sin ellos la violencia sería residual. ¿Alguien se imagina a los ultras del Sankt Pauli liando la Tercera Guerra Mundial en Indautxu? ¿O a la Green Brigade del Celtic? No. Son antifascistas, como Bukaneros, Brigadas Amarillas y tantos otros grupos que han pisado Bilbao sin ningún tipo de incidente, más bien han sido bien recibidos e incluso aplaudidos por las tribunas. Ultra no quiere decir necesariamente violento. Pero nazi sí. Incluso los temidos ultras del Napoli (sin adscripción ideológica), pisaron Bilbao sin problema alguno.

Asimismo, la proximidad de una EURO 2020 que traerá, supuestamente y según la patronal, miles de aficionados (consumidores en potencia), y también centenares de ultras y fascistas (especialmente si juega La Coja), hace pensar que todo esto está planificado y diseñado para dejar Bilbao como una patena que allane el camino al negocio.

En definitiva. Con estos precedentes se ha desatado la caza de brujas en el 110. Un Maccarthismo a la bilbaína que busca eliminar grupos (y no violencia) y apoyado por parte de la tribuna más reaccionaria. De manera arbitraria, injusta y vertical. Hoy más que nunca necesitamos estar unidos, aparcar las diferencias, y emplazar una vez más al club o “a quien corresponda” a que sea valiente, que se libere de ataduras partidistas y defienda a sus socios y de una vez por todas ponga sobre la mesa un proyecto real de grada popular. Levantemos la vista del ombligo y miremos hacia Donostia, Gasteiz o Glasgow. Ése es el camino.

Ooh ooh ooh someone’s really smart
Ooh ooh ooh complete control, that’s a laugh

 

Siempre queda molestar

“…aunque esté todo perdido, siempre queda molestar”. Equilibrio – El Estado de las Cosas – (Kortatu)

Tras dos partidos aburridos, con un ambiente bastante gélido en las gradas, con la resaca de las sanciones a compañeros de la ICHH y con un mar de fondo preelectoral con las mismas cantinelas de siempre, con conocidos medios embarrando el terreno de juego y la sospecha de que vamos a vivir de nuevo una ausencia total de un debate medianamente decente sobre el devenir del club, el futuro lo vemos más negro que la camiseta de Iribar. 

Vocento

La certeza de que no habrá ninguna plancha que refleje mínimamente nuestros deseos más posibilistas (la utopía se ha movido tantos pasos hacia adelante que más que a andar nos obliga a correr, querido Eduardo) y la eterna monitorización por parte del partido-guía de nuestro otrora ciegamente amado club son las negras tormentas que agitan los aires y las nubes oscuras que nos impiden ver. La reacción a la vizcaína, que ya podría ser una receta de bacalao.

Desde la redacción de este blogzine, escarmentados de tantos años remando a la contra y con menos esperanzas de cambio positivo que Gorka Iraizoz ante un penalti en contra, queremos hacer un llamamiento a los agentes del caos. ¿Por qué? Sencillo. 

Nuestro buenismo ha sido vapuleado miserablemente. La negociación con los agentes de la reacción (Ucha, Aldazabal, Urrutia y demás, dan igual los nombres, son como el agente Smith) se antoja imposible ante su represión. Enmierdan todo, infectan el debate, lo llenan de pus, hacen promesas que no cumplen y ganan tiempo. Son meros trileros, jugadores de póker con cartas marcadas. Y su supuesta oposición oficial (Vocento y cía) no es más que su propio reflejo en el mismo espejo, un cambio de caras que no conlleva ningún cambio en profundidad. El duopolio, el PPSOE. 

No queremos que nadie se gane un marrón, tal y como están las cosas. No hablamos de asaltar el palco, generar situaciones peligrosas o provocar que su brazo armado de mono negro y casco rojo haga lo que siempre está sediento de hacer. Hablamos de hacer que sientan la presión y la presencia de la disidencia real, ya sea en el estadio, en RRSS, en blogs o medios. En última instancia, de usar sus mismas armas dentro de su propio marco. Invadir los espacios que ellos consideran suyos. Sembrar el maldito caos en la medida que sea posible. 

Cuando más nos meten en el nuevo milenio, más queremos retroceder a los 80. Que ese espíritu combativo y alegre nos empuje, pues. Molestaremos.

Trastienda futbolística: chanchullos, cogorzas y demás liadas

Hará unos años el periódico británico The Guardian cedió una columna a un misterioso futbolista secreto que, amparado en su anonimato, se dedicaba a desvelar los secretos de su profesión. Lejos de anodinas ruedas de prensa, el jugador de la Premier League explicaba en un lenguaje llano qué pasa dentro de un vestuario, cómo es el trato con entrenadores, compañeros, hinchas, agentes o periodistas y en qué consiste una vida de lujo, desenfreno y dinero fácil. Recopilando el material de las columnas publicó un libro, cuya traducción Yo soy el futbolista secreto se publicó hace ya unos años.

Sencillo, fácil de leer y acompañado de anécdotas más o menos jugosas, el testimonio de este supuesto futbolista viene a confirmar prácticamente todos los prejuicios sobre los futbolistas de élite y el mundo que les rodea; a saber, que los jugadores son en general egocéntricos millonarios prematuros encantados de haberse conocido. Vamos, gilipollas con dinero, excesivo dinero.

Repasando la lista de malévolos tópicos asociados a los futbolistas, vemos que no es extraño hacerle la cama al entrenador; que, con ayuda de un buen agente, el jugador se convierte en una máquina de hacer (y triturar) dinero; que las fiestas son moneda corriente y que mujeres más fáciles que la tabla del dos se pegan por ellos. Dicho brevemente, buena parte del libro gira en torno al vil metal.

Ejemplos: un entrenador concentraba al equipo en el mismo resort cada verano a fin de obtener no se sabe bien qué rédito y un jugador acostumbraba a lanzar aposta un balón a saque de banda nada más iniciar los partidos debido a las apuestas que realizaba previamente. Primas, multas, patrocinio, excesos y demás chascarrillos, incluídos los sexuales, van poco a poco apareciendo en el libro hasta que, salvando ciertas distancias, captamos que muchas de las andanzas relatadas son trasladables a nuestras siete calles, más allá de las recientes actuaciones de Williams y Aduriz en la última Aste Nagusi. Veamos:

El caso de Llorente y su hermano el agente (esto parece el título de un cómic de Ibañez) es el más conocido pero conviene recordar que un extremo para nada indispensable como Cuéllar fichó por el Athletic sólo cuando cambió de representante. Eran tiempos de la Troika: Macua, Arrinda y Caparrós. Con el de Utrera el equipo se concentraba en Isla Cristina, un año sí y al otro también, y volvió a casa Ocio, un jugador al que años atrás se le dio puerta por subirse a la parra exigiendo pasta, so excusa de un interés del Atlético (y el Depor también si la memoria no nos falla) más falso que una moneda de madera. Este es el cuento de nunca acabar y de ello viven agentes, jugadores y “periodistas”. ¿Os acordáis de lo que pujó el Wolsfburgo por Beñat? ¿O el interés del Betis por Mikel Merino? Pues eso.

Si nos da por entrar en muchas actuaciones estelares, veremos que apenas desentonan con algunas batallitas del libro. Algunas están contrastadas: Asier y sus “desavenencias” con la Ertzaintza (más info), la borrachera al volante de Andoni Ayarza (aquí recordada) o el chapuzón de Zipi y Zape en el jacuzzi de Lezama que provocó el despido de un trabajador. Otras, en cambio, forman parte del imaginario colectivo, vox populi de mayor o menor intensidad. Aquí la lista es larga: hacerle la cama a Mendilibar, desavenencias entre jugadores, repentinos bajones de rendimiento cuando las primas están sin acordar, pufos en comercios, alargadas estancias en el bingo, tortazos que se convierten en uveitis en el ojo izquierdo, cogorzas previas a partidos europeos, cogorzas en el Image y cogorzas en garitos cerrados para la ocasión. Probablemente la mejor jugada de todas sea estampar tu bólido contra un Bilbobus. Esta sí que supera los daños que un centrocampista del Barça le causó, siempre según el libro, a un Ferrari durante la celebración de un campeonato liguero.

 

 

Apenas hemos dado unas pinceladas, suficientes para ver que el libro nos habla de una realidad oculta pero intuible y, por desgracia, bastante cercana. Por supuesto que habrá excepciones pero el clima que se respira en el fútbol profesional es insano y corruptor. Casi todo se reduce al dinero. Hace unos años supimos de las presiones de un pez gordo italiano para evitar el ascenso a la Serie A de equipos de escaso tirón entre los hinchas (más info). Y es que mandan las televisiones, hecho que jugadores como el futbolista secreto asumen con perversa y simplista naturalidad a pesar de ser víctimas de la maquinaria, en forma de depresión por ejemplo. Si Sky pone la pasta gansa y el ingreso por entradas no alcanza el 25% de los ingresos, ¿qué derecho tiene el hincha a quejarse del rendimiento de los futbolistas? Es lo que viene a preguntarse el libro del futbolista secreto, una sencilla narración, aparentemente sincera, bastante descreída y algo desalentadora para aquellos que aman el fútbol como deporte.

 

Un partido de gestos

La grada entonando la canción de Mari Jaia en la despedida del equipo mientras por megafonía sonaba el himno podría ser un resumen sonoro de lo que fue ayer el partido. El ambiente festivo que se respiraba en Bilbao inundó un San Mamés con una buena entrada para ser agosto. Se notó también en el césped, donde nuestros cachorros, pese a hacer una buena primera mitad, no acabaron de encontrar el ritmo, como es normal a estas alturas del calendario.

Siendo así, Berizzo torcía el morro cada vez que el equipo perdía la posesión. No obstante, tiene los mimbres adecuados para construir un equipo sólido con un estilo propio y bien definido. Es cuestión de tiempo y confianza, y que los resultados acompañen.

El gol en el 93, tras una segunda parte bastante trabada, puso San Mamés en pie, especialmente a la ICHH, a donde Iker Muniain se acercó a celebrarlo. No es un detalle para pasar por alto, y no es la primera vez que sucede. A Josu Urrutia le convendría tenerlo en cuenta, máxime después de los últimos ataques, sanciones y prohibiciones que se han sufrido en la Grada Popular, desde donde se gritó un claro “Urrutia kanpora” que denotaba el hartazgo y el cansancio de ese sector tan querido, necesario y apreciado por los jugadores del primer equipo.

Tras la celebración, Iker puso su camiseta en el suelo y se hizo un pequeño auto-homenaje, secundado por algunos grupos de aficionados coreando su nombre, mientras Remiro miraba (y suponemos que asimilaba) desde el palco VIP, lejos de la plebe. Ese tipo de odas al individualismo, ese señalar el nombre propio frente al común, esa especie de narcisismo de algunos jugadores profesionales que alimentan el putoamismo, no son diferentes a los valores que se han venido imponiendo en nuestra sociedad. No nos extrañe, pues. Pero siempre es buen momento para reivindicar la comunidad, nuestra res pública que es el club, nuestros valores, frente a quienes quieren pasar por encima de ellos.

Y en esa comunidad sigue faltando uno de los nuestros, Iñigo Cabacas, cuyo recuerdo sigue vivo en las gradas. Los cánticos pidiendo justicia volvieron a oírse de forma clara y atronadora en el minuto 28. Un resumen de cómo está el caso en los juzgados se puede leer en el primer número de la revista Zutik, fanzine de la ICHH cuyo primer número ha salido a la venta y donde este blog tiene el honor y el privilegio de ocupar sus páginas centrales. Ya estáis tardando en adquirirla.

ZUTIK, ZUTIK, MAKURTU GABE

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